10/3/17

Más allá de la tolerancia


La garantía fundamental de una democracia es el voto: es secreto y libre, hay un censo objetivo de votantes y se vota con el carnet en boca en presencia de testigos neutrales y bajo el control de todos los partidos que participan en unas elecciones.  Pero ni el voto ni el resto de las condiciones formales que hacen de la democracia representativa el único modelo de democracia que ofrece garantías objetivas, nos deben hacer olvidar que los acuerdos entre los hombres no son cosa del momento, muy mediatizado siempre por los intereses y la propaganda que acarrea la inmediatez ruidosa de las noticias y los medios, sino que tienen como base el abrazo que subyace entre las generaciones a lo largo del tiempo. Estos acuerdos previos se basan en valores y principios que tienen carácter prepolítico, que están más allá de las reglas formales adoptadas. La pervivencia  de las grandes religiones, por ejemplo, que son la base de la civilización humana en sus diversas expresiones culturales, sólo puede explicarse por el inequívoco apoyo y aceptación que le otorgan los pueblos, más allá de sus contaminaciones de irracionalidad o superstición y de los errores a que estamos sujetos todos los seres humanos. La voluntad popular, cuya representación todo el mundo se atribuye ahora tan a la ligera, no puede identificarse sólo con aquella que expresa la siempre momentánea victoria de una batalla electoral o la que ocupa las pantallas como noticia del momento —manifestaciones callejeras, titulares, eslóganes y provocaciones a la avidez periodística—; se trata del trabajo permanente y anónimo del día a día por una vida humana más justa y más digna para todos, generación tras generación; una lucha que se basa en creencias fundamentales acerca de lo que entendemos qué es el hombre y cuál debe ser lugar en el mundo. 
El edificio cultural donde hemos venido al mundo y hemos crecido es esencialmente cristiano, tanto en sus cimientos como en todo el armazón —arte, ciencia, leyes, filosofías, políticas…— que ha ido conformando nuestra tradición. El cristianismo como cultura es ciertamente una cultura entre otras, no “la cultura”; y tiene sus defectos, como los tenía mi madre, que era una mujer extraordinaria, pero era mi madre y madre no hay más que una. Es mi cultura y pienso, sin que esto tenga por qué connotar ninguna clase de etnocentrismo, que ha aportado al conjunto de la humanidad valores, conquistas sociales y herramientas culturales que han adquirido valor universal. 
Esta cultura vive hoy, como consecuencia de su propia evolución, inmersa en una especie de Babel en la que coexisten multitud de discursos y formas de leer y entender el mundo, tanto religiosas como seculares. En España, con retraso y como es costumbre, reverdecen las peleas decimonónicas anticlericales —unidas a un remanente antiespañolismo—, hoy llamativamente anacrónicas, pues vivimos ya en sociedades que el filósofo Habermas ha llamado postseculares. En este sentido, es de todo punto necesario que nos vayamos haciendo el cargo, no sólo de que hemos de convivir con diferentes cosmovisiones del mundo, sino asumir que todas ellas están aquí, laicas y religiosas, con la legítima pretensión de quedarse. Esa convivencia exige una actitud que va más allá de la simple tolerancia, que es un concepto un tanto despectivo; y más allá también del respeto por sus manifestaciones públicas, a las que todas tienen derecho y que el Estado debe proteger. Como también ha dicho Habermas, los católicos, si obviamos la existencia de minorías reticentes, han asumido ya su nuevo lugar en el mundo con la necesaria humildad, de buena o mala gana. Ahora son otros los que deben hacer lo propio, que los miran como desde el espejo retrovisor de quienes se sienten ir siempre por delante. Porque pudiera ocurrir que en la situación actual de crisis de nuestras sociedades seculares, cuyo gigantismo, complicación y falta de adecuación y flexibilidad adaptativas se están poniendo en evidencia, las viejas visiones sobrepasen, como la Tortuga a Aquiles, a esas otras más nuevas y veloces y les tomen la delantera. 
En esta situación no cabe sino adoptar la actitud del que está dispuesto a aprender del otro, pues se entiende que cada uno puede no llevar toda la razón y el otro puede esgrimir argumentos y puntos de vista razonables y aceptables en los que nuestra parte no ha meditado porque ni siquiera ha querido escuchar. Solo desde esta perspectiva puedo yo entender ese consejo evangélico, tan difícil si no imposible de llevar a cabo, de que hay que amar también a los enemigos, es decir, desde un amor compartido por la verdad que implica esa actitud por la cual se está dispuesto a aprender del enemigo. Aprender a compartir nuestras distintas lecturas del mundo, sin que ello suponga ceder en nuestras convicciones a favor de ningún tipo de sincretismo, consenso o gazpacho de buena voluntad. 
La cuestión está en una actitud de apertura radical al otro. Porque en la vida más superficial y diaria de la noticia y la opinión vivimos inmersos en mundos cerrados —votamos al mismo partido, vemos la misma cadena de televisión, leemos siempre el mismo periódico, consultamos aquellos libros que nos hablan de lo que de antemano queremos oír—; mundos que se ofrecen en pugna siempre los unos con los otros, sin que nadie dé su brazo a torcer, basados en una programada ignorancia, en la falta de una información veraz y la disposición a un diálogo en el compromiso honrado de la sinceridad y el esfuerzo de estar siempre aprendiendo. 

Debemos ir más allá de la tolerancia y de la ley; más allá, no más acá, pues el incumplimiento de la ley con impunidad consentida es la peor forma de intolerancia y de violencia.