16/3/17

In—FORMACIÓN


La palabra “información” se refiere a la acción de formar o dar forma. Algo que proviene de fuera va adquiriendo forma desde el interior de uno mismo al ser comprendido; es decir, prendido con lo que ya se tiene. Un proceso que exige ciertas condiciones; de reflexión y tiempo entre otras.
Hasta hace muy poco tiempo la información que podíamos tener sobre el mundo era escasa, lenta e inaccesible. Las noticias circulaban al ritmo de las mulas y tardaban en llegar tanto que cuando llegaban ya no eran noticias. Para conocer el mundo había que ir a estudiar a Salamanca y saber latín; hoy Salamanca la tenemos en nuestro smartphone y basta con apretar un botón y chapurrear el inglés para que el mundo esté a nuestra mano en cada momento. 
Hoy el problema es el contrario: la información es sobreabundante, cambia rápidamente y nos inunda como una atmósfera contaminada. Es su exceso, su dispersión y su continuo y frenético cambio el que nos mantiene desinformados, pues resulta imposible asimilarla y convertirla en conocimiento. Por eso, si queremos realmente saber algo de lo que pasa en el mundo, lo primero que se impone es una selección: ¿cuánta, de la información que se recibe, es manifiestamente desechable, aunque sólo sea por redundante o trivial? Sin entrar en otras consideraciones, como su pertinencia, sentido, razonabilidad, coherencia, relevancia, acuerdo o apalabramiento consentido, características todas que dan para una larguísima y profunda discusión. 
Así que si uno quiere ser algo más que el perro de Pavlov que reaccionaba al sonido de la campana que anunciaba la comida segregando saliva y jugos gástricos y comprender el mundo para manejarse en él de manera más consciente, deberá adquirir en primer lugar criterios para seleccionar la información que, como un nuevo diluvio universal, cae a diario sobre nuestras cabezas. 
Una selección exige, por tanto, disponer de criterios. ¿Qué criterios? La palabra “criterio” tiene que ver con “criba” y también con “crisis”; nada más necesario hoy que disponer de criterios, lo cual exige una esmerada educación. Aquí está el fallo. Porque al mismo tiempo que han aumentado los años de escolarización y la cantidad de información exigida en los currículos de enseñanza y los títulos correspondientes, ha ido decreciendo realmente la educación. Y ha ocurrido así sobre todo porque se han olvidado cuatro cosas fundamentales y necesarias para que se realice el hecho de la educación: 
Una: que no la puede llevar a cabo sólo la institución escolar, sino que se tiene que realizar con el concurso de toda la sociedad, coralmente y al unísono, es decir, con el mismo son, aunque sean diversas las voces entonadas. Esta diversidad no se impone dividiendo el Estado en diecisiete administraciones más o menos centralizadas y cerradas en sí mismas; la diversidad es hoy de toda nuestra cultura.
Dos: la materia informativa de que la educación se sirve para realizarse tiene que ser forzosamente una tradición cultural en la que se han ido decantando con el tiempo y la crítica —que también tiene que ver con “criterio”— las cuestiones esenciales —valores y virtudes, principalmente— para la pervivencia, convivencia y desarrollo de esa tradición, es decir, de una civilización determinada. Lo que se entrega y recibe en todo proceso educativo es una memoria y tiene carácter intususceptivo, o sea, orgánico: su evolución es al mismo tiempo conservación y aumento, no derribo y relleno de escombros. 
Tres: que a la hora de la entrega y acogida de esa tradición, quienes lleven a cabo tal tarea —padres, profesores, periodistas, políticos, famosos, etc,— deben tener autoridad reconocida, más allá del poder y su influencia —política, económica, mediática— ; pues es la autoridad la que nos levanta y hace crecer, protegiéndonos al mismo tiempo de un poder que convertido en fin en sí mismo, nos limita y constriñe, o nos aplasta con sus leyes, su control burocrático y sus monsergas.  
Cuatro: que educar viene de “ex ducere”, es decir, se trata no tanto de echar más información sobre las cabezas de nuestros infantes, adolescentes, jóvenes y consumidores de información en general, como de sacar afuera, dándoles forma, las potencias humanas que todos llevamos dentro, nuestros ingenios propios, lo mejor de cada uno. Desde este punto de vista —partiendo de unas mismas condiciones de oportunidad—, la educación debe propiciar la diferencia, no el igualitarismo —que no es lo mismo que la igualdad—. 
Si ahora por fin los partidos políticos empezaran a hablar de lo que nos importa a los ciudadanos —es un suponer— y hubiera un pacto por la educación en esta legislatura que tanto le ha costado ponerse en pie, ¿se tendrán en cuenta estas cuatro cosas que he expuesto humildemente a la consideración pública?  

Hay un círculo vicioso difícil de salvar. Pues lo que determina la escasa calidad de tanta cantidad de información que se desparrama por doquier es precisamente la falta de criterios, ni pedagógicos, ni éticos, ni estéticos, ni de verdad. Lo que importa es por encima de todo el número de clientes que están dispuestos a consumirla, bien como entretenimiento, bien como propaganda, sin que tengan tiempo para mirar ni sus ingredientes, ni su posología, ni sus contraindicaciones. No digamos cocinarla, servirla y masticarla para que sea asimilada. A ellos se ofrece de manera machacona y cada vez más simplista y trivial, conminándolos a que inviertan sus euros o sus votos en una mercancía de la que se muestran sólo sus envoltorios de anuncio y escaparate. Y así, un exceso de información se convierte en un estorbo para la educación, pues si bien la planta necesita agua para crecer, también se pudren sus raíces por encharcamiento. Y esto me hace dudar —sin perder nunca la esperanza— de que la educación sea, hoy como siempre, tema de real interés en las comidillas del poder; y los pactos y acuerdos, si llegan a producirse, sirvan realmente para algo.