18/4/16

INFORMACIÓN vs EDUCACIÓN



IN—FORMACIÓN


La palabra “información” se refiere a la acción de formar o de dar forma. Algo que proviene de fuera se introduce en nuestro interior y va adquiriendo nuestra forma al ser comprendido. Lo que llamamos “comprensión” se refiere a prender con algo que ya se tiene. Todo un proceso que exige ciertas condiciones, de reflexión y tiempo, entre otras; como el barro que sirve de materia al alfarero; pero si el barro le llega en demasiada cantidad y tan deprisa que no puede ni siquiera ponerlo en el torno, el propio alfarero puede acabar aplastado y sumergido en su masa, con lo cual perdería hasta su forma humana.
Hace muy poco tiempo todavía la información que podíamos tener sobre el mundo era escasa, lenta e inaccesible. Las noticias circulaban al ritmo de las mulas y tardaban en llegar. Para saber del mundo había que ir a estudiar en Salamanca y saber latín; hoy Salamanca la tenemos en nuestro smartphone y basta con apretar un botón y chapurrear el inglés para que el mundo esté a la mano en cada momento. 
Hoy el problema es contrario: la información es sobreabundante, cambia rápidamente y nos inunda como una atmósfera atosigante. Es su exceso el que nos mantiene desinformados, y tan dispersa y cambiante que resulta imposible asimilarla y convertirla en conocimiento. Por eso, si queremos realmente saber algo de lo que pasa en el mundo, lo primero que se impone es una selección: ¿cuánta, de la información que se recibe, es manifiestamente desechable, aunque sólo sea por redundante o trivial? Sin entrar en otras consideraciones, como su pertinencia, sentido, razonabilidad, coherencia, relevancia, acuerdo o apalabramiento consentido, características todas que dan para una larguísima y profunda discusión. 
Así que si uno quiere ser algo más que un perro de Pavlov que reacciona a la campana que anuncia la comida y comprender el mundo para manejarse en él de manera más consciente, deberá adquirir en primer lugar criterios para seleccionar la información que, como un nuevo diluvio universal, cae a diario sobre nuestras cabezas. 
Una selección, sí; ¿pero bajo qué criterios? La palabra “criterio” tiene que ver con “criba” y también con “crisis”; nada más necesario hoy que disponer de criterios, lo cual exige una esmerada educación. Aquí está el fallo. Porque al mismo tiempo que han aumentado los años de escolarización y la cantidad de información exigida en los currículos de enseñanza y los títulos correspondientes, ha ido decreciendo la educación. Y ha ocurrido así sobre todo porque se han olvidado cuatro cosas fundamentales y necesarias para que se realice la educación: 
Una: que no la puede llevar a cabo sólo la institución escolar, sino que se tiene que realizar con el concurso de toda una sociedad, coralmente y al unísono, es decir, con el mismo son, aunque sean diversas las voces entonadas. 
Dos: que la materia informativa de que la educación se sirve tiene que ser forzosamente una tradición cultural en la que se han ido decantando con el tiempo y la crítica —que también tiene que ver con “criterio”— las cuestiones esenciales —valores y virtudes, principalmente— para la pervivencia, convivencia y desarrollo de la tribu. 
Tres: que a la hora de la entrega y acogida de esa tradición, quienes lleven a cabo tal tarea —padres, profesores, periodistas, políticos, famosos, etc,— deben tener autoridad reconocida, más allá del poder y su influencia —política, económica, mediática— ; pues es la autoridad la que nos levanta y hace crecer, mientras que el poder nos limita —o nos aplasta— con sus leyes, su control burocrático y sus monsergas.  
Cuatro: que educar viene de “ex ducere”, es decir, se trata no tanto de echar más información sobre las cabezas de nuestros infantes, adolescentes y jóvenes, como de sacar afuera las potencias propiamente humanas que todos llevamos dentro, nuestros ingenios propios, lo mejor de cada uno. 
Hay un círculo vicioso difícil de salvar. Pues lo que determina la escasa calidad de tanta cantidad de información que se desparrama por doquier es precisamente la falta de criterios, ni pedagógicos, ni éticos, ni estéticos ni de verdad. Lo que importa es por encima de todo el número de clientes que están dispuestos a consumirla sin que tengan tiempo para mirar ni sus ingredientes, ni su posología, ni sus contraindicaciones. Ni de masticarla. A ellos se ofrece de manera machacona y cada vez más simplista y trivial, conminándolos a que inviertan sus euros o sus votos en la mercancía, de la que se muestran sólo sus envoltorios de anuncio y propaganda. 

Y así un exceso de información se convierte en un estorbo para la educación, pues si bien la planta necesita agua para crecer, también se pudren sus raíces por encharcamiento. Por eso la educación es, hoy como siempre, enemiga de los poderosos y los demagogos.