8/9/16

CAMBIO


Durante la larga y pertinaz campaña electoral que hemos conocido últimamente, la palabra “cambio” se ha erigido como una de esas palabras con aura mágica que se lanzan a las masas de votantes por los nuevos hierofantes de una sociedad que ya no cree en la magia, pues ni siquiera cree en las ideas. Entre los eslóganes que se repiten hasta la saciedad en los medios está la del gobierno del cambio. Se entiende, por ser lo que es, como una propuesta de cambio de gobierno en base al siguiente argumento: el que hay lo está haciendo fatal; yo lo haré mucho mejor, por eso hay que cambiar de gobierno; vótame. Sin embargo, la frase en sí puede entenderse de otra manera que responde a la cuestión de cómo debemos gobernar el cambio mismo. 
Porque el cambio, esta palabra que se convoca hoy de manera tan machacona como vacía de contenido en los púlpitos políticos, es algo que viene solo, no hace falta ni invocarlo ni empujarlo. Basta con ponerse a observar el mundo y pensar un poco y en seguida le damos la razón a Heráclito de Éfeso. Si la acción política, bien entendida, no pretendiera poner los bueyes delante del carro, tendría que interpretarse al revés, es decir, en orden a qué tiene que hacer el Estado y sus instituciones, un gobierno determinado, para que el cambio resulte beneficioso y no perjudicial para al menos una mayoría, aunque no sean del partido que gobierna
En la polis griega se partía del mito de las tres hermanas Eunomía —el buen orden—, Dikê —la justicia— y Eirêinê —la paz—. Para que la polis funcione gobernando el cambio estas tres hermanas debían cogerse de la mano y danzar al son de la sabiduría primordial de la que habla la biblia (Proverbios 8, 23-30), la sabiduría que sostiene el orden y la armonía de toda la Creación. El cambio puede beneficiar al hombre si se orienta desde el buen orden, con justicia y en paz. Y aún así hay que contar con los imprevistos del cambio. Por eso dice el Tao te king (versículo LVII): "El Sabio dice: no actúo y el pueblo progresa por sí mismo; amo la calma y el pueblo se orienta por sí mismo hacia el recto camino; estoy desocupado y el pueblo prospera por sí mismo; no tengo ambiciones y el pueblo retorna por sí solo a la unidad y la sencillez". 
En esto del cambio el acento debe ponerse donde hay que ponerlo: en el buen orden, la justicia y la paz de nuestro microcosmos, de nuestro mundo interior. Nos sitúa en el camino de regreso que va de la polis a nosotros mismos, que es a donde vamos, como Ulises, en medio de las vicisitudes del cambio permanente en el que pululan lotófagos, sirenas, cíclopes, vacas sagradas, dilemas —Escilas y Caribdis— que no tienen solución y enemigos que pretenden robarnos la esposa en nuestra propia casa y hasta la misma casa, nuestra esencia y nuestra alma. 
Más nos vale estar prevenidos frente al cambio, pues, a pesar de nuestras buenas intenciones, nunca se sabe por dónde vendrá y hacia donde nos arrastrará sin contar con nosotros.
La campaña electoral parece que ha llegado a su fin --de momento --, pero el cambio sigue, tantas veces ajenos a los intereses comunes de los humanos. ¿Sabremos gobernarlo?