8/9/16

CAMBIO


Durante la larga y pertinaz campaña electoral que hemos conocido últimamente, la palabra “cambio” se ha erigido como una de esas palabras con aura mágica que se lanzan a las masas de votantes por los nuevos hierofantes de una sociedad que ya no cree en la magia, pues ni siquiera cree en las ideas. Entre los eslóganes que se repiten hasta la saciedad en los medios está la del gobierno del cambio. Se entiende, por ser lo que es, como una propuesta de cambio de gobierno en base al siguiente argumento: el que hay lo está haciendo fatal; yo lo haré mucho mejor, por eso hay que cambiar de gobierno; vótame. Sin embargo, la frase en sí puede entenderse de otra manera que responde a la cuestión de cómo debemos gobernar el cambio mismo. 
Porque el cambio, esta palabra que se convoca hoy de manera tan machacona como vacía de contenido en los púlpitos políticos, es algo que viene solo, no hace falta ni invocarlo ni empujarlo. Basta con ponerse a observar el mundo y pensar un poco y en seguida le damos la razón a Heráclito de Éfeso. Si la acción política, bien entendida, no pretendiera poner los bueyes delante del carro, tendría que interpretarse al revés, es decir, en orden a qué tiene que hacer el Estado y sus instituciones, un gobierno determinado, para que el cambio resulte beneficioso y no perjudicial para al menos una mayoría, aunque no sean del partido que gobierna
En la polis griega se partía del mito de las tres hermanas Eunomía —el buen orden—, Dikê —la justicia— y Eirêinê —la paz—. Para que la polis funcione gobernando el cambio estas tres hermanas debían cogerse de la mano y danzar al son de la sabiduría primordial de la que habla la biblia (Proverbios 8, 23-30), la sabiduría que sostiene el orden y la armonía de toda la Creación. El cambio puede beneficiar al hombre si se orienta desde el buen orden, con justicia y en paz. Y aún así hay que contar con los imprevistos del cambio. Por eso dice el Tao te king (versículo LVII): "El Sabio dice: no actúo y el pueblo progresa por sí mismo; amo la calma y el pueblo se orienta por sí mismo hacia el recto camino; estoy desocupado y el pueblo prospera por sí mismo; no tengo ambiciones y el pueblo retorna por sí solo a la unidad y la sencillez". 
En esto del cambio el acento debe ponerse donde hay que ponerlo: en el buen orden, la justicia y la paz de nuestro microcosmos, de nuestro mundo interior. Nos sitúa en el camino de regreso que va de la polis a nosotros mismos, que es a donde vamos, como Ulises, en medio de las vicisitudes del cambio permanente en el que pululan lotófagos, sirenas, cíclopes, vacas sagradas, dilemas —Escilas y Caribdis— que no tienen solución y enemigos que pretenden robarnos la esposa en nuestra propia casa y hasta la misma casa, nuestra esencia y nuestra alma. 
Más nos vale estar prevenidos frente al cambio, pues, a pesar de nuestras buenas intenciones, nunca se sabe por dónde vendrá y hacia donde nos arrastrará sin contar con nosotros.
La campaña electoral parece que ha llegado a su fin --de momento --, pero el cambio sigue, tantas veces ajenos a los intereses comunes de los humanos. ¿Sabremos gobernarlo? 

2/9/16

HOMEOSTASIS SOCIAL





No hace mucho se produjo la muerte en Alemania de una treintena de personas por la bacteria E coli. Tal como dice el profesor de biología Máximo Sandín, la bacteria E. coli convive con nosotros en nuestro intestino ayudando a nuestra digestión. Pero las bacterias pueden volverse malas en base a desequilibrios del medio. En este caso, la conversión de E. coli en una bacteria mortal seguramente se ha debido a una agresión fuerte por parte del medio humano, quizá el abuso de antibióticos. Los líderes y responsables de nuestras instituciones sociales deberían sacar de aquí una doble lección: una, la de informarse bien antes de buscar culpables inmediatos que le alivien su propia responsabilidad; otra, en lo que tiene de alegoría ilustrativa la agresión artificial del ser humano en el medio natural buscando el efecto inmediato de su acción. Las sociedades tienen también su propia homeostasis y sus ritmos de cambio y no pueden ser tratadas como si fueran un mecanismo que aguanta toda clase de cambios de temperatura, de acidez, de tensión, o de azúcar, suministrados por gobernantes y líderes imprudentes que se creen omniscientes y omnipotentes.

1/9/16

PROMESAS



Mi padre me dijo una vez que Curro el Tabernero le había contado que su mujer, muy enferma, había hecho la promesa al Santísimo Cristo de la 5ª Angustia de ir en peregrinación, andando y descalza, a rezar ante su imagen (que estaba a diez km de mi pueblo). Lo curioso de la promesa es que incluía que Curro, su marido, la llevara a ella en hombros durante el camino. “¿Qué te parece? -- decía Curro -- ¿Tú crees que estos son promesas como Dios Manda? Así prometo yo lo que me dé la gana”. 

La anécdota, que es real, tiene su punto de gracia; pero esto no debe hacernos olvidar que ejemplifica un comportamiento bastante habitual entre nosotros, quiero decir, los humanos. Tenemos una extraordinaria facilidad para engañarnos a nosotros mismos haciendo promesas que otros tienen en realidad que cumplir. Si uno tiene mando, más fácil todavía, pues en este caso ni siquiera se necesita hacer el esfuerzo de tener que engañarse a uno mismo, que a veces puede resultar complicado si se tienen escrúpulos de conciencia. Cuando se manda, basta con engañar a los demás diciéndoles que se hace por ellos. 

13/8/16

LA CAJA NEGRA: UN MODELO DE ESCUELA Y SU GRAMÁTICA (II)




Intentemos el siguiente ejercicio de imaginación. Pongámonos delante de una Escuela cualquiera con la extrañeza de quien la ve por vez primera y no sabe de antemano qué es aquello que ve. A primera vista, hay ahí un recinto rodeado por una verja, un edificio en el interior del recinto y allí, dentro del edificio, una serie de habitáculos que todavía no vemos. Nos parecerá este edificio una especie de castillo rodeado por el típico foso que separa el edificio de las afueras, el espacio reservado para lo que algunos pedagogos modernos han llamado “segmento de ocio” y que el vulgo conoce como el patio de recreo. Además de este foso, el edificio tiene otros muros y defensas, como castillo que es, sus celdas y sus torreones, sus aposentos para el señor del castillo y los nobles que le sirven, su sala para las asambleas, las dependencias donde se guardan los legajos y las armas, las aulas, que ahora se van llenando de ordenadores, de pizarras digitales, de los smarphones que ya llevan los muchachos de todas las edades en sus sobrecargadas mochilas… Cajas Negras dentro de Cajas Negras, como si toda la Escuela fuera como una de esas muñecas rusas que se parecen a una cebolla: nuestros ojos ven, desde su extrañeza forastera, lo que entra y sale de las cajas, pero no saben nada de la mecánica interna que las pone en marcha y las hace funcionar. 
Nuestra intención es, sin embargo, ir penetrando poco a poco en la gran Caja Negra que es todo esto que vemos ahora por fuera en busca de su oscuro misterio interior, de su gramática, al tiempo que vamos deshojando las sucesivas capas que constituyen su envoltorio de envoltorios. Y ya adelanto lo siguiente: que cada vez que quitemos una capa, nos encontraremos con otra capa igual de la misma cebolla, del mismo modelo; es decir, cada vez que se destape o desarme una Caja Negra, aparecerá indefectiblemente otra Caja Negra que sustenta a la que ha sido destapada, con entradas y salidas de un proceso oculto, inexistente formalmente hablando, en el fondo de la caja.
La última capa que debería ser destapada y que es en realidad la primera que da sostén a toda la organización de la Caja Negra es la de los muchachos y muchachas que vemos entrar y salir atravesando la verja que rodea el edificio: son las entradas y salidas en principio más visibles de la gran Caja Negra del edificio escolar. Se da por sentado que todo cuanto se programa para ser enseñado allí dentro, las entradas que son también los conocimientos y saberes que conforman los currículos, penetrará sin más en las cabezas de todos ellos, pues así ha sido estipulado según la ley que reconoce ese derecho. Pero penetre o no en sus cabezas, el problema está en qué hace cada muchacho o muchacha con aquello que le inyectamos y que continuamente se le pide que expulsen fuera para comprobar cuánto les queda dentro, aunque sea por un momento, mediante exámenes, exámenes y exámenes: que no es sangre lo que extraen, sino una sopa de grumos.
Poca coincidencia suele haber entre entradas y salidas, y aún si las hay, tampoco esto nos dice en realidad nada sobre el trajín interior a que ha sido sometida la enseñanza recibida. Y esto es justamente lo que se nos escapa en el fondo de la Caja Negra y justamente lo que debería justificar en última instancia la existencia de esta institución, la Escuela, a saber: que los aprendices hacen algo con aquellas informaciones que reciben y la convierten en carne de su carne y sangre de su sangre, es decir, se forman, de manera que cuando salgan por la verja del castillo después de tantas y tantas idas y venidas con un título debajo del brazo sean mejor persona, en toda la extensión de la palabra, que eran cuando entraron por vez primera en el edificio.

Esta es, en apretada síntesis, la tesis que vamos a mantener en estas reflexiones sobre la Escuela. Debajo de cada capa de la estructura del modelo educativo que tenemos, no hay sino otra capa formalmente estructurada, de manera que un observador no encontrará nada sustancial que contengan las capas de la cebolla, sino siempre cebolla y nada más que cebolla, que hará llorar nuestros ojos, extrañados de ver que lo que ven, es decir, lo que no ven.

12/8/16

LA CAJA NEGRA: UN MODELO DE ESCUELA Y SU GRAMÁTICA (I)




“Una gramática es la organización articulada de nuestras percepciones, nuestra manera de pensar, nuestras experiencias, de nuestra consciencia y sus formas de comunicarse consigo misma y con los otros” (GEORGE STEINER)

I

En uno de los diálogos que Ítalo Calvino intercala en sus Ciudades Invisibles, el Khan pregunta a Marco Polo, el viajero, por qué habiéndole hablado de tantas ciudades no le ha dicho nada de Venecia. Y Polo le contesta: “Cada vez que describo una ciudad estoy diciendo algo de Venecia. Para distinguir las cualidades de las demás ciudades, debo hablar de una primera ciudad que está implícita. Para mí, es Venecia. 
Todos somos viajeros como Marco Polo y cuanto vemos son ciudades invisibles. Para traer una ciudad a la luz es preciso verla desde una que es modelo o arquetipo de ciudad y conservamos de algún modo en la memoria. Luego, esta especie de visión arquetípica se tiene que desplegar de forma concreta en palabras en el tiempo, en un discurso que la nombre y la cuente; así se convierte en crónica, anamnesis, memoria. A esta memoria remite, para ser efectivamente comprendida, todo cuando se manifiesta y sale a la luz del caos invisible de la realidad.
Voy a utilizar esta idea de Calvino para referirme al modelo que tenemos de Escuela, entendiendo esta palabra en su sentido amplio, como institución de enseñanza en todos sus niveles y formas. El modelo que considero hoy en día vigente y operativo en todas partes —que no nos engañen las apariencias con que quieren revestirse nuestras respectivas consejerías autonómicas— es decir, la Escuela como institución, se nos presenta bajo el modelo generativo —su gramática— de una Caja Negra
Las Cajas Negras de los aviones nos dicen cómo fue el accidente que no pudo evitarse, pues la Caja Negra no avisa del futuro, sino que certifica el pasado. Las Cajas Negras que se usaban en la II Guerra mundial para proteger los datos de los equipos de transmisión tampoco podían informar de nada al enemigo, pues explosionaban al abrirlas. Las Cajas Negras que usamos hoy a diario en forma de nuevas tecnologías no sabemos como funcionan porque su interior es un misterio inaccesible que los profanos no podemos controlar. 
Aparte de nombrar los artilugios citados, B. F. Skinner usó también este término, Caja Negra, para referirse a la psicología humana y su manera de entenderla y estudiarla, el conductismo.
¿Cómo saber qué ocurre de verdad en la Caja Negra de la Escuela sin que explosione en nuestras manos y nos sirva en cambio para diagnosticar sus averías y orientar su posible mejora? ¿Cómo hacerlo de una realidad compleja como ésta de la Escuela, donde se junta gente, de manera que se pueda estar a la vez fuera y dentro para mantener a salvo la complejidad de los factores humanos sin menoscabo de la objetividad del propio diagnóstico? 

Toda gramática, como ocurre con la gramática de la lengua que hablamos, funciona inconscientemente –-todos hablamos en prosa sin saberlo, como el personaje de Moliere— y por tanto nunca es puesta en cuestión. El modelo, la gramática, es lo que no se discute, lo obvio; es nuestra mentalidad o manera de leer y entender el mundo que tenemos delante de nuestras narices. Y esto es lo que se tiene que sacar a la luz en nuestros análisis crítico para poder entender lo que nos pasa.

9/5/16

CORRUPCIÓN


El domingo pasado volví a ver la película sobre Hannah Arendt, dirigida por Margarethe von Trotta y protagonizada por Barbara Sukowa, estrenada en 2013. El argumento se centra en el período biográfico en que la filósofa alemana ejerce como periodista que cubre el juicio del nazi Adolf Eichmann por encargo del The New Yorker Como película es interesante y merece la pena verla, pero hay que leer el informe de Arendt —Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal— para entender la profundidad y los matices de sus tesis sobre el tema. La película me animó a escribir estas reflexiones que relacionan sus tesis con la actualidad.  
“El sueño de la razón produce monstruos”, decía uno de nuestros más ilustres ilustrados, Francisco Goya. Así es. Y lo terrible es que puede producir monstruos de apariencia normal y racional, androides sin conciencia que apenas se distinguen de aquellos que consideramos propiamente humanos. El informe de Arendt sobre Eichmann fue y es un aldabonazo a la conciencia de la racionalidad moderna, de la que tan orgullosos nos sentimos; era lógico que suscitara toda clase de reticencias y reacciones controvertidas en las que no vamos a entrar. 
Arendt describe a Eichmann como un hombre normal impregnado de un sentido del orden y la obediencia al servicio de una ideología y un poder. Un burócrata, uno de tantos, disciplinado, aplicado; y ambicioso, pues la burocracia es también poder, sobre todo en un Estado totalitario. Eichman obedecía al Führer, no a su conciencia. No era ningún demonio, pero como yo entiendo lo que puede llegar a ser una ideología, se puede decir que estaba endemoniado. 
La banalidad es el nuevo rostro que el mal está adquiriendo también entre nosotros. El rostro del ciudadano normal que ha perdido su rostro, su dimensión más humana; un individuo totalmente alienado que ha dejado de ser persona. 
Quiero resaltar algo que me parece relevante hoy: la insistencia de Arendt en que el juicio se planteó más como un espectáculo propagandístico para el Estado de Israel, recién nacido, que como un medio de hacerle justicia a las víctimas del holocausto. El presidente del tribunal, Moshe Landau, no pudo evitar que el juicio se convirtiera “en una representación dramática” para la audiencia—como vemos que ocurre hoy con todos los juicios—. La finalidad del juicio era, dice Arendt, “la actuación de Eichmann, no los sufrimientos de los judíos, no el pueblo alemán, ni tampoco el género humano, si siquiera el antisemitismo o el racismo”.  
Este uso instrumental de la razón, por parte de la política y el poder de los medios, de las palabras que hablan de valores, de moral de justicia, ¿no está hoy presente? ¿No vemos como ocupan el noticiero personajes que, sin ser nazis como Eichman, parecen haber renunciado a pensar y a usar su razón más allá de sus intereses personales o particulares inmediatos? ¿No tienen corrompida su razón? Pues la corrupción del dinero, con ser detestable, es la menos grave; la peor de todas es la corrupción de las conciencias, de la que nadie habla.  
Porque, ¿qué significa corrupción? Significa disgregación, separación: aquello que ha dejado de conformar una unidad orgánica viva, como el cuerpo, que al morir se corrompe y se vuelve polvo, se disgrega en partes que se ignoran unas a las otras, como lo que la boca dice nada quiere saber de lo que la voluntad desea realizar. 
Auschwitz no fue el resultado de una locura pasajera, sino la consecuencia lógica de una manera de leer el mundo, de una forma de pensar y razonar que convierte a los hombres en medios y no en fines en sí mismos. 
¿Puede volver aquella barbarie? Todo lo que ha ocurrido puede volver a ocurrir, pues el hombre no escarmienta nunca en cabeza ajena.  ¿No vivimos hoy en una especie de totalitarismo de rostro benévolo, en esta conjunción ergonómica de poder político, económico, mediático y técnico que el Leviatán, hoy convertido en Máquina, propicia? ¿No se convierte lo abyecto en las noticias diarias en algo rutinario y banal? 

El cerrado sistema social que engendró el totalitarismo nazi, la sustracción total de la libertad en virtud de la manipulación constante por el poder de todos los medios a su alcance y una implacable e incesante propaganda, trajo consigo el sofocamiento y endurecimiento de las conciencias de una mayoría. Cuando una ideología se impone de manera totalitaria, aunque ahora no se lleve a cabo por procedimientos tan burdos y terribles como los que se practicaron en la Alemania nazi, ¿no supone la alienación total del ser humano, la obnubilación total de su conciencia, su ceguera para distinguir el bien del mal? ¿No corremos el peligro hoy de convertir también el bien —los derechos, la justicia, la educación, la salud…— en algo banal que se debate con tanta ligereza como saña, en permanente campaña electoral, con un discurso propagandístico repetido dirigido sólo a arañar votos en la lucha por el poder?

18/4/16

INFORMACIÓN vs EDUCACIÓN



IN—FORMACIÓN


La palabra “información” se refiere a la acción de formar o de dar forma. Algo que proviene de fuera se introduce en nuestro interior y va adquiriendo nuestra forma al ser comprendido. Lo que llamamos “comprensión” se refiere a prender con algo que ya se tiene. Todo un proceso que exige ciertas condiciones, de reflexión y tiempo, entre otras; como el barro que sirve de materia al alfarero; pero si el barro le llega en demasiada cantidad y tan deprisa que no puede ni siquiera ponerlo en el torno, el propio alfarero puede acabar aplastado y sumergido en su masa, con lo cual perdería hasta su forma humana.
Hace muy poco tiempo todavía la información que podíamos tener sobre el mundo era escasa, lenta e inaccesible. Las noticias circulaban al ritmo de las mulas y tardaban en llegar. Para saber del mundo había que ir a estudiar en Salamanca y saber latín; hoy Salamanca la tenemos en nuestro smartphone y basta con apretar un botón y chapurrear el inglés para que el mundo esté a la mano en cada momento. 
Hoy el problema es contrario: la información es sobreabundante, cambia rápidamente y nos inunda como una atmósfera atosigante. Es su exceso el que nos mantiene desinformados, y tan dispersa y cambiante que resulta imposible asimilarla y convertirla en conocimiento. Por eso, si queremos realmente saber algo de lo que pasa en el mundo, lo primero que se impone es una selección: ¿cuánta, de la información que se recibe, es manifiestamente desechable, aunque sólo sea por redundante o trivial? Sin entrar en otras consideraciones, como su pertinencia, sentido, razonabilidad, coherencia, relevancia, acuerdo o apalabramiento consentido, características todas que dan para una larguísima y profunda discusión. 
Así que si uno quiere ser algo más que un perro de Pavlov que reacciona a la campana que anuncia la comida y comprender el mundo para manejarse en él de manera más consciente, deberá adquirir en primer lugar criterios para seleccionar la información que, como un nuevo diluvio universal, cae a diario sobre nuestras cabezas. 
Una selección, sí; ¿pero bajo qué criterios? La palabra “criterio” tiene que ver con “criba” y también con “crisis”; nada más necesario hoy que disponer de criterios, lo cual exige una esmerada educación. Aquí está el fallo. Porque al mismo tiempo que han aumentado los años de escolarización y la cantidad de información exigida en los currículos de enseñanza y los títulos correspondientes, ha ido decreciendo la educación. Y ha ocurrido así sobre todo porque se han olvidado cuatro cosas fundamentales y necesarias para que se realice la educación: 
Una: que no la puede llevar a cabo sólo la institución escolar, sino que se tiene que realizar con el concurso de toda una sociedad, coralmente y al unísono, es decir, con el mismo son, aunque sean diversas las voces entonadas. 
Dos: que la materia informativa de que la educación se sirve tiene que ser forzosamente una tradición cultural en la que se han ido decantando con el tiempo y la crítica —que también tiene que ver con “criterio”— las cuestiones esenciales —valores y virtudes, principalmente— para la pervivencia, convivencia y desarrollo de la tribu. 
Tres: que a la hora de la entrega y acogida de esa tradición, quienes lleven a cabo tal tarea —padres, profesores, periodistas, políticos, famosos, etc,— deben tener autoridad reconocida, más allá del poder y su influencia —política, económica, mediática— ; pues es la autoridad la que nos levanta y hace crecer, mientras que el poder nos limita —o nos aplasta— con sus leyes, su control burocrático y sus monsergas.  
Cuatro: que educar viene de “ex ducere”, es decir, se trata no tanto de echar más información sobre las cabezas de nuestros infantes, adolescentes y jóvenes, como de sacar afuera las potencias propiamente humanas que todos llevamos dentro, nuestros ingenios propios, lo mejor de cada uno. 
Hay un círculo vicioso difícil de salvar. Pues lo que determina la escasa calidad de tanta cantidad de información que se desparrama por doquier es precisamente la falta de criterios, ni pedagógicos, ni éticos, ni estéticos ni de verdad. Lo que importa es por encima de todo el número de clientes que están dispuestos a consumirla sin que tengan tiempo para mirar ni sus ingredientes, ni su posología, ni sus contraindicaciones. Ni de masticarla. A ellos se ofrece de manera machacona y cada vez más simplista y trivial, conminándolos a que inviertan sus euros o sus votos en la mercancía, de la que se muestran sólo sus envoltorios de anuncio y propaganda. 

Y así un exceso de información se convierte en un estorbo para la educación, pues si bien la planta necesita agua para crecer, también se pudren sus raíces por encharcamiento. Por eso la educación es, hoy como siempre, enemiga de los poderosos y los demagogos. 

30/3/16

Progreso




¿Cómo se configura en la mentalidad colectiva condicionante y condicionada de nuestra sobremodernidad esa imagen del hombre, tan repetida, como un ser en camino
Se suele definir por lo general al hombre como “animal racional”. Y a partir de la ilustración, la razón, por sus espectaculares conquistas en el terreno de la ciencia y la  técnica, adquirió la patente de una guía segura frente a una tradición de índole principalmente religiosa, a la que se consideró sustancialmente como un conjunto de supersticiones y piadosas historias de consolación. Se pensó que gracias a las conquistas de la razón el hombre no sólo se dotaba de herramientas materiales cada vez más sofisticadas y potentes para conquistar la naturaleza, sino que se instauraría la paz en el mundo mediante leyes más justas y una organización  social más racional; el hombre dejaría de ser un lobo para el hombre y se haría por fin dueño de un feliz destino. Esta es la base del llamado “progresismo”, que sigue empeñado en negar el rotundo fracaso de la ilustración contra la evidencia de las barbaries del recién pasado siglo XX, quizá las más irracionales e inhumanas de toda la historia. Un progresismo que consecuentemente está infectado de antitradicionalismo, pues la base de su mito proclama que hoy es siempre mejor que ayer y peor que mañana. 
El progreso auspiciado por la razón le parecía algo incuestionable a los hombres de la primera época de la modernidad; pero la ilustración —dicen Horkheimer y Adorno entre otros— ha acabado convirtiéndose ella misma en un mito. Lo que resulta chocante y pone de manifiesto la pertinaz irracionalidad humana es que esto no se sepa ver todavía hoy de manera generalizada, cuando ya en el comienzo mismo de la modernidad se ponía de manifiesto la flagrante contradicción entre las buenas intenciones de quienes abrazaban esta nueva fe —pues lo que pretendían en realidad, como lo hizo saber de manera palpable el positivismo de Auguste Comte , era en realidad cambiar una religión por otra— y la realidad misma de los hechos históricos que las negaban. En efecto: por las mismas fechas en que Enmanuel Kant publicaba su libro Sobre la paz perpetua (1795), en donde proponía un orden jurídico racional que evitaría para siempre la guerra, en París funcionaba a destajo la guillotina, pues no sólo se cortaban las cabezas de la familia real y de la nobleza, sino que los revolucionarios le habían cogido el gusto a eso de cortar cabezas y estas rodaban en multitud incluso entre los mismos revolucionarios. A partir de aquí, la guillotina —que algunos trasnochados ignorantes reclaman hoy de nuevo por esta Hesperia cainista— no ha dejado de funcionar como tal de mil y una maneras revolución tras revolución, guerra tras guerra, y atentado terrorista tras atentado. Y en ello estamos, en “la paz perpetua”.
Por todo lo cual entiendo que el progresismo, que con tan poco sentido crítico hoy tantos defienden como un nuevo dogma del fundamentalismo laicista, es una superstición en toda regla, muy rentable en manos del poder actual, en el que el Leviathan ha adquirido la forma de una Gran Máquina económico-político-mediática
Lo que a mí me dice la razón y el sentido común es lo siguiente:  si alguien que eligió un camino en una encrucijada —de esas que la historia pone delante del hombre una y otra vez precisamente por ser libre— y andando andando por ese camino llega un momento en que se da cuenta de que se ha equivocado y que por ahí no va a ninguna parte, ¿qué debería hacer? ¿Seguir empecinado por el mismo camino arriesgándose de alejarse cada vez más de una mejor elección, o aún peor, a caer quizá en el abismo? ¿No sería lo más racional parar un momento —¿no es a esto a lo que nos invita la crisis en que estamos metidos?—, volver sobre los pasos de nuevo a la encrucijada en que nos perdimos y pensar mejor qué camino es más conveniente a nuestra salud como sociedad, incluso como especie, y a la de cada uno como individuo y persona? 
Estamos en un momento crucial; tal vez lo estemos siempre. El desmoronamiento de un mundo heredado y aceptado por costumbre, que de hecho funcionaba como entorno predeterminado y nos libraba de tener qué preguntarnos por el camino a tomar en nuestra vida, nos deja hoy abandonados en medio de la encrucijada, a la intemperie. Fiados a una promesa, como Abraham, padre de todas nuestras encrucijadas y nuestros exilios, con la particularidad de que esta promesa ahora no ha sido pronunciada y si lo ha sido no es oída, por lo que  el exiliado está hoy además desorientado y perdido. 

¿Cómo emprender entonces solos el camino de nuestro exilio? ¿De donde debemos y al mismo tiempo no podemos evitar partir? Tenemos que volver nuestra vista hacia aquellos que mal que bien ya hicieron su camino y reflexionaron sobre su itinerario; tenemos que basarnos en testimonios a los que hemos arrebatado su autoridad y confiarnos a relatos de experiencias que no cesamos de poner en duda. Con nuestra experiencia propia no nos basta, pues una sola vida es muy poca cosa para aprender de la vida; forzosamente hemos de acudir a los otros, a lo que nos cuentan, y convertirlos inevitablemente en guías y maestros y a sus palabras tomarlas como señales, mapas, sextantes y brújulas que siendo de otros tiempos tienen que servir para el viaje en el nuestro. Para ello se necesitan criterios fiables que sólo pueden proporcionar la tradición, la autoridad y la educación, las tres patas en que se asienta toda civilización y que aquí hemos roto irresponsablemente. Una tradición viva que sea algo más que tradicionalismo embalsamado, una autoridad que sirva efectivamente para levantarnos y no se confunda con un poder que suavemente nos aplasta cada día más y una educación que vaya más allá de una escolarización formal y una instrucción funcional al servicio de la movilización total para ser explotados por La Máquina en las trincheras del mercado, la política y la propaganda. 

17/2/16

Padrenuestro...

PADRENUESTRO…


Hace ya bastantes años que vivo retirado del mundanal ruido, en silencio y en paz, en compañía de lo cercano, la familia, los amigos; en la intrahistoria. Pero desde un tiempo acá no dejan de aparecer, cada vez con más frecuencia y virulencia, noticias alarmantes, sucesos claramente planificados con el objetivo de embarrar la casa común y emponzoñar la convivencia que nos hemos construido con mucho esfuerzo las dos o tres últimas generaciones de españoles. Esto es lo que me ha llevado a tomar la pluma y escribir este artículo, pues por mucho que uno ame el silencio y la tranquilidad, hay momentos en que es necesario dejar a un lado la prudencia no vaya a ser que perdamos la dignidad. Desde aquí invito a otros a que se pronuncien de la manera que sepan hacerlo y donde y cuando convenga. Tenemos que hacerlo una vez más por el bien común, por nuestros hijos y nuestros nietos.  
La gota que ha rebosado el vaso para mi personal indignación ha sido el espectáculo perpetrado en el ayuntamiento de Barcelona en el que se ha hecho burla y escarnio de un símbolo sagrado y fundamental para todo cristiano —no sólo los católicos, como aparece en todas las noticias—. Se ha ofendido así a cerca de dos mil millones de seres humanos para los que el “Padrenuestro” es, como el "Bismillah" para los musulmanes o el  “Gayatri” para los hindúes, un eje de su vida.
El cristianismo es una cultura, una religión y una forma de vida. Como cultura la abrazo con plena consciencia. Sé que hay otras tan respetables y que yo respeto porque entre otras cosas he hecho el esfuerzo de conocerlas y aprender de ellas; pero yo he nacido y me he criado en la cultura cristiana; es mi madre y madre no hay más que una. 
Como religión me suscita todo un cúmulo de dudas, pues no he recibido la gracia de la fe, lo que no me impide reconocer con respeto sagrado la fe y las creencias de la gente que profesan esta o cualquier otra religión. 
Aspiro a vivir como cristiano. Me parece la forma de vida más noble y sublime que se le ofrece a los hombres y las mujeres en este mundo; pero quizá por eso mismo, la más difícil. Por eso sólo puedo decir que soy un aspirante, un aprendiz, un catecúmeno.
“Je suis chrétien": lo digo así para dejar constancia, no sólo de mi solidaridad, sino de mi herida, ante ese laicismo fundamentalista  para el cual todo aquel que no piense como ellos debe ser ahorcado, guillotinado o quemado, como hicieron en los años treinta del siglo pasado. Pero los cristianos heridos no vendrán a ahorcarlos, ni guillotinarlos, ni prenderán fuego al ayuntamiento que rige Ada Colau; rezarán, sencillamente, un Padrenuestro. 
No es libertad de expresión lo que ha ocurrido en el ayuntamiento de Barcelona y lo que viene ocurriendo en otros ayuntamientos e instituciones ahora en manos de los okupas, que se dedican, como es su costumbre, a parasitarlas, ensuciarlas y arruinarlas. Esto que está ocurriendo sólo lo pueden hacer gente abyecta, que tienen la cabeza vacía y el corazón lleno de odio, que quieren desparramar ahora desde su poder recién adquirido sobre todos nosotros. 
Como ha escrito el filósofo Habermas, a nuestras sociedades actuales —que Habermas define como postseculares— y la política que les sirve de base —el Estado democrático de derecho— no les basta con un laicismo tolerante con la religión, mucho menos beligerante contra ella como lo fue en el siglo XIX, sino que debe abrirse, en su mismo desarrollo secular y político, a un diálogo en el que se esté verdaderamente dispuesto a aprender de aquellos que orientan su vida entera, también sus ideas políticas, desde una cosmovisión del mundo que dura ya dos mil años y es compartida por cerca de dos mil millones de seres humanos, hombre y mujeres. Cito a Habermas por ser el filósofo actual, ateo, más relevante del pensamiento de izquierda, aunque sé que estas huestes de okupas no leen ni a los suyos y viven sólo de consignas doctrinarias que les obnubilan el pensamiento racional y les ponen la sangre mala.   
Pero los que quieren ahora resucitar las dos Españas a base de show televisivo, wasapp, títere y teatrillo, o sea, en caricatura, se olvidan de algo fundamental: esta no es ya “la España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía”, sino la “España del cincel y de la maza”, la España que trabaja y vive y cree y sueña. 
Amén.