10/12/14

CI.- EL DESIERTO

El desierto

Huye, guarda silencio y ora 
Evagrio Póntico


Creo que vivimos en circunstancias de crisis muy parecidas a la época en que el imperio romano entraba en descomposición. Lo vengo pensando hace ya bastantes años. Un día cayó en mis manos, digamos que por casualidad, esta cita de uno de los primeros cristianos anacoretas que vivían en el desierto: “Huye, guarda silencio y ora”. 
Entendí la invitación a pensar en serio y me puse, despacio, manos a la obra. Ahí empezó mi particular desintoxicación mental. Las opciones que se me presentaban eran estas tres: alienación, martirio o desierto. Me di cuenta que la alienación en la que vivimos no es vida, pero que tampoco tenía vocación de mártir. Y ¿a quién le gusta el desierto? Pero es que, conscientemente o no, estamos en el desierto. Un desierto que es peor que el desierto desierto, pues está lleno de ruidos ensordecedores que no permiten que uno se oiga a sí mismo.  
Fijaos en los barrenderos de hoy en día: llevan en vez de una escoba en la mano un aparato con un motor muy ruidoso y un tubo que sopla aire para espantar las hojas del árbol caídas, juguetes de este viento artificial junto al polvo y la porquería; hojas, polvo y suciedad huyen buscando refugio en otro lugar, pero no desaparecen. Si tuviera que utilizar una imagen para ilustrar el viejo refrán de “mucho ruido y pocas nueces” sería esta. 
 Decía fray Luis de León: “Qué descansada vida / la del que huye el mundanal ruido...”. En una sociedad tan peleona y reivindicativa como la nuestra -struggle for life- , la palabra “huir” suena a rendición, a cobardía, a escurrir el bulto. Pero no debemos olvidar que fray Luis no dice “huye del mundanal ruido”, sino “huye el mundanal ruido”; es decir, rehuye esta clase de mundo ruidoso, no entres en él, no te dejes embaucar y aturdir por él. Ese mismo sentido tiene el verbo “huye” en la cita de Evagrio. 
Entendí, por tanto, en esa cita, que sin travesía del desierto silencioso no hay transformación, no hay verdadero cambio. Ni glorificación, ni tierra prometida. El desierto es un lugar de tránsito y espera. Un lugar de vacío y preparación. ¿No tenemos que buscar, si nos buscamos, nuestro propio desierto?
Rehuir el mundo, sin embargo, no hace que el mundo desaparezca y así podamos entregarnos plácidamente a la contemplación contemplativa de las contemplaciones. Al desierto nos acompañan siempre las mismas tentaciones y con más rigor y saña si ven que nos escapamos:
  • El poder: “Convierte estas piedras en pan”
  • La fama: “Tírate de la torre, los ángeles te ensalzarán”.
  • La riqueza: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. 
A pesar de la advertencia del Evangelio, hoy ocupan a diario las páginas de todos los periódicos y pantallas con ejemplos más que evidentes.
Para nosotros, en la decadencia de nuestro imperio, resulta mucho más fácil, al menos en apariencia, retirarse al desierto como nuevos anacoretas. No es necesario buscarse una cueva en el Sahara o en el Himalaya y alimentarse de langostas y miel silvestre. Podemos retirarnos al desierto sin quitarnos la zapatillas. Basta con apagar todas las pantallas que tenemos y salirnos de la red. 

Eso sí: no nos libraremos de las tentaciones. Acomparán, siempre las mismas, al hombre.