28/4/14

XLIV Cambio, camuflaje y emboscadura

Cambio, camuflaje y emboscadura 

La interrogación que al ser humano se le hace es la interrogación por sí mismo. De la respuesta que dé dependerá el que sea devorado o coronado.

(ERNST JÜNGER)

¿Sabéis como adquirió el Leopardo las manchas de su piel? Rudyard Kipling nos lo cuenta precisamente así
Era el Leopardo al principio de un color arenoso, pardusco y amarillento y vivía en una tierra del mismo color donde cazaba a sus anchas gracias a su camuflaje. Pero las jirafas, las cebras, los búfalos y los antílopes que le servían de merienda se cambiaron a la selva y se pusieron de piel esa especie de pijamas de colores que ahora tienen y que, emboscados en las boscosas umbrías, los hacen casi invisibles. Cuando el leopardo empezó a quedarse sin comida fue y le preguntó al Mandril: “¿Sabes dónde se ha marchado la caza?” Y el Mandril le guiñó el ojo, pues lo sabía: ”La caza se ha mudado - dijo el mono -, y te aconsejo, Leopardo, que te mudes tú también”. El Leopardo partió rápidamente hacia la selva umbría en busca de su comida; pero cuando llegó a la selva, aunque olía la caza y la sentía no la veía por ninguna parte. “¿Qué hago?”-le preguntó el Leopardo a un Etíope que cazaba con él-. “El Mandril no se refería tan sólo a un cambio de lugar, sino a que te cambiaras la piel” -le contestó el Etíope.
Los humanos ya no nos dedicamos a cazar -es un decir- como el Etíope, y como tenemos siempre dispuestos nuestros desayunos, meriendas y cenas, no ponemos mucho empeño en entender como es debido el doble consejo del Mandril, del que hoy en esta selva de asfalto en que vivimos todos debemos tomar buena nota, especialmente si somos carne perseguida: 
Uno es que hay que mudarse si quieres conservar el pellejo propio y lo que guarda dentro. 
Otro que esta muda no es un simple cambiar de sitio, como nos quieren hacer ver ahora los Leopardos, los pardos y los que no son pardos. Para eso hay que cambiar por dentro, si queremos un camuflaje perfecto, lo cual exige un refinadísimo aprendizaje: perfeccionarse en el arte de la emboscadura. O, como dicen los sufis, en el arte de estar en el mundo sin ser del mundo. 
No es fácil cambiar las cosas, sencillamente porque no es fácil que uno cambie. Y no es fácil que uno cambie porque ello exige un verdadero aprendizaje, que es también difícil e incómodo y a nadie le gusta la incomodidad ni las dificultades. Casi nunca se plantea el aprendizaje desde el punto de vista de la extraordinaria capacidad que tiene el ser humano también para evitar su propio aprendizaje, distorsionarlo o corromperlo de manera que todo se tergiversa en orden al interés propio de nuestro ego, con su tendencia a la codicia y la pereza. 
Nos hemos vuelto muy perezosos y nos limitamos a seguir las ideas que otros piensan por nosotros, y seguirlas al pie de la letra, en esta especie de tiovivo para ilusos en el que nos han subido para nuestro solaz aturdimiento. Y además están en la feria esos tahúres moviendo cubiletes y chinitas como auténticos prestidigitadores; siempre ganan la apuesta, pues las chinitas que ofrecen nunca están en el sitio por el que apostamos.  Es un asunto de velocidad, de cómo se maneja el tiempo y sus mudanzas. Y es también una cuestión de atención, lo que también exige una refinadísima educación en el incauto de su conciencia vigilante, que lo sepa él o no la tiene. 
René Descartes, que era tan inteligente como el Etíope, pensó una estrategia sibilina para tratarse con el tiempo, que consiste en convertirlo en un espacio troceado y marcado por donde se mueve un móvil, sea jirafa, búfalo, antílope, cebra o cualquier otro animal perseguido. La estratagema es digna de un cazador de primera, que ha puesto la geometría, que antes era cosa de la gente ociosa que se daba a la contemplación -”no entre aquí quién no sepa Geometría”, se leía en el frontón de la Academia platónica- , al servicio de la caza productiva.  La tribu humana ha levantado por ello a la memoria de Descartes un extraordinario monumento en miniatura: es esa especie de amuleto que llevamos casi todos enroscado en la extremidad izquierda superior, es decir, el reloj. El reloj es el monumental subterfugio geométrico por el cual el hombre quiere cazar el tiempo; pero éste se escapa siempre, matacán veloz que se sabe ya todos los revesinos de la caza, y es el propio hombre el que acaba cazado. 
El móvil se mueve en su territorio, que es en realidad nuestro, pues lo tenemos pesado y medido. Y hasta le sacamos fotografías en pose de papel milimetrado sobre dos ejes cruzados - la abscisa, la ordenada -, especie de jaula donde el móvil va errando delante de nuestra mirada calculadora. Pero nuestra piel no cambia persiguiendo el móvil; nuestra piel se arruga porque el tiempo la exprime como a un trapo. No pasamos; el tiempo pasa por nosotros y nos tizna con sus dedos poniéndonos manchas de verdadero camuflaje, que es la experiencia de la vida.
Mudarse es cambiar. Pero el cambio no es algo que le pasa a un objeto, sino algo que pasa en un sujeto. El cambio no es una acción externa que le pasa a las cosas, que cambian de lugar, sino una actividad de transformación interna que ocurre en el alma de las personas. 
Para saber cómo ha ocurrido un movimiento nos basta con saber el punto de partida y el punto de llegada del móvil. El troceo arbitrario del espacio recorrido permite la representación gráfica de la función sobre el eje de coordenadas. Para saber cómo ha ocurrido un cambio tenemos que conocer todo el proceso de pérdidas y ganancias (más pérdidas que ganancias), tal como se han ido produciendo en el transcurso del juego, del tiempo en que se juega y nos jugamos. Este proceso se puede registrar, aunque el registro da noticia sólo del orden en que han ocurrido las jugadas. Podemos hacer así un recorrido hacia atrás para saber por donde hemos pasado. Como el hilo de Ariadna...
Pero nuestra mente no es un ordenador hecho con proteínas en vez de silicona -como ha dicho un tal Fodor-, ni nuestra memoria una base de datos ensartados como cuentas preformadas según pretenden otros. Nuestra memoria, al mismo tiempo teje que desteje; es recuerdo y es olvido, por eso dijo el poeta aquello de que se hace camino al andar. Hay otra dimensión, condensada y actualizada en la memoria del jugador, y hecha presente en el resultado de la última jugada, que no es un hilo que se ensarta, sino una labor de tejer que transforma la madeja de hilo en una tela, es decir, en un texto, un discurso. Como Penélope… 

Y como Ulises, su fiel esposo, que no la olvida por más que le tiente el loto ni por mucho que le canten las sirenas. Qué viajero más original este Ulises, que no va, sino que viene, que regresa a Ítaca, y cuando vuelve, vuelve ya sabiendo para qué sirven los viajes, que es también la experiencia de la vida, y las Itacas -como dice Cavafis-. Ulises nos enseña que mudarse es regresar. ¿A dónde? Quizá a uno mismo. ¿Qué remedio nos queda? Hay quienes prefieren la máscara, que no se muda, sino que cambia de lugar. Pero se quiera o no se quiera, se reconozca o no, uno se va, por dentro, quedando la piel en los caminos. Por eso nos mudamos, mal que nos pese, cazadores cazados por el matacán del tiempo. Lo demás es cosa de la geometría.

22/4/14

XLIII.- KATHLEEN RAINE, UN TESTIMONIO VISIONARIO

Kathleen Raine, un testimonio visionario 

Todos los poetas recuerdan, o tratan de recordar y recrear lo que todos saben que no es, en el fondo, una mera ilusión pasajera, sino la norma que jamás cesamos de buscar y crear (sin importar las veces que sea destruida) porque únicamente en ese estado reside la felicidad. 

(KATHLEEN RAINE)


No vemos el mundo, lo leemos. Y leemos textos que nos comunican la lectura del mundo que hacen otros. Cuando una de estas lecturas nos iluminan la nuestra, oscura y balbuciente, sentimos una profunda gratitud. Este es el caso del libro de la poeta inglesa Kathleen Raine que han traducido Adolfo Gómez y Natalia Carbajosa con los que me une una estrecha amistad. El libro, cuyo prólogo he tenido el honor de redactar por invitación de los traductores, está teniendo una magnífica acogida. Véanse, por ejemplo, entre otras, las reseñas de dos escritores a los que admiro por su obra y por lo que son, pues los conozco personalmente, Gustavo Martín Garzo -en el “El Norte de Castilla”- y Álvaro Valverde -en “Quimera”. Compartir la lectura de este libro con esta clase de lectores es también un privilegio.  Pues hay libros, como este que estamos comentando, cuya lectura crea una comunidad en la que se participa de una misma liturgia e incluso de un mismo sacramento que alimenta el espíritu y lo reconforta. Este libro, además, ha sido causa y efecto de otros encuentros significativos -con Clara Janés, con Emilio Alzueta- en los que he tenido la suerte de participar. 
Entiendo que hay tres perspectivas desde las cuales podemos leer el mundo y que nos proporcionan tres clases de verdad: la verdad -refutable- del método científico -perspectiva del Ello, de la 3ª persona-, que se verifica en el laboratorio; la verdad de la tradición cultural, que se verifica en la discusión razonada a lo largo del tiempo, de la historia -perspectiva de 2ª persona-; y la verdad de la intuición y experiencia personales -perspectiva de 1ª persona- que se verifica en el testimonio, que se puede compartir y con el que se puede concordar. Esta última clase de verdad es la que sirve de alimento apropiado a la percepción que tenemos del mundo y nuestro lugar en él, la que nos proporciona una lectura del mundo con sentido y estimula y orienta las otras lecturas, las otras perspectivas. 
Decía Unamuno que hay libros que hablan de otros libros y libros que hablan de la vida. El libro de Kathleen Raine es un caso ejemplar en muchos sentidos de esta clase de lecturas que nos sitúan en el mundo y nos hacen tomar conciencia de lo que somos y nuestro lugar en él. Podemos también llamarlo un testimonio de autenticidad y añadirle el adjetivo de visionario. De lo primero que nos hace tomar conciencia K. R. en esta primera parte de sus memorias, es de la rotura y el desgarro, la conciencia de la “separatidad” entre el hombre y la naturaleza que ha producido la modernidad. Conciencia de desarraigo, desamparo y degradación a las que, junto con la Naturaleza, ha sido sometido el hombre en estos tiempos. Esta separación cobra hoy especial y dramática actualidad en el hecho de que por primera vez en la historia de la humanidad no sólo usamos máquinas y herramientas, como siempre hemos usado desde el paleolítico, sino que hemos construido una “Máquina Total”, todo un ecosistema artificial que, como en la película de Kubrick, “2001 Odisea del Espacio”, constituye una nave pilotada por una máquina que amenaza con prescindir del piloto. Frente a la Naturaleza, el mundo de la máquina, de lo artificial, se yergue como algo enajenado de nosotros mismos.
Desde esta toma de conciencia, Kathleen Raine nos invita, con su testimonio a veces lacerante, a recordar nuestro origen, nuestra casa, nuestra morada humana, nuestra verdadera patria, como decía Rilke, cuyo abandono y destrucción se manifiesta en las formas artificiosas, feas y sin vida, que están sustituyendo, arrasando en todos los terrenos a las tradicionales. Con ellas, no sólo se destruye el edificio humano de civilización construido con tanto esfuerzo a lo largo de los siglos, sino que se borran también los signos y los caminos que nos conectan con ese origen, como los cuervos devoraban las migas de pan que Hamsel y Gretel iban dejando al adentrarse en el bosque como señales para volver a casa. “¡A casa, a casa”, repite K. Raine como un conjuro en uno de sus poemas, traducido también por Adolfo Gómez. 
La piel de foca - que Martín Garzo elige como título de su comentario- es el símbolo, como él mismo dice, de una pertenencia, el símbolo de quienes no pueden olvidar quienes son, de dónde vienen y a dónde van, de quienes son conscientes de su exilio, de su desarraigo de la corriente inmensa de la vida toda: hombres, mujeres, animales, plantas, piedras... De nuestra expulsión del Edén. En las preocupaciones ecologistas que han ido tomando fuerza y presencia en las últimas décadas, en su fondo más allá de las ideologías, lo que late es este giro de la mirada hacia lo más permanente y, podríamos decir, eterno, con lo que siempre ha intentando conectar, aunque no siempre lo lograse, nuestra tradición, griega y cristiana. Todo aquel que haya tenido algún tipo de contacto, sobre todo a través de la contemplación de las formas en la Naturaleza, con el Ser, ha aprendido a venerar lo que haya de vida también en las formas del arte que reproducen y manifiestan en el ser humano esa veneración. Es la constatación de la degradación galopante que ofrecen hoy nuestras manifestaciones políticas, sociales, culturales, incluso artísticas, las que devuelven nuestra mirada hacia las flores, los árboles, los animales, los paisajes naturales. Es el bosque que aparece en los cuentos de hadas y que ofrecían su fascinación misteriosa a nuestros ojos de niños. 
Cuando alguien con una especial sensibilidad, como es el caso de Kathleen Raine, constata las líneas maestras que empiezan a regir el nuevo paisaje artificial donde impera el desorden, la degradación, la banalización y la fealdad y a la vez permanece insobornable en lo más íntimo de su conciencia a lo que le dictan las razones de su corazón en lo que tienen de eterno, siente una inmensa pérdida y siente mucho dolor. 
No expondría públicamente estas consideraciones puramente personales si no fuera porque el libro ofrece garantías más que suficientes para responder de ellas. Recomiendo encarecidamente su lectura, especialmente a aquellos que leen sin prejuicios ni temor, que no tienen miedo de perder las cómodas seguridades que les proporcionan sus acomodadas ideologías. Como dice Álvaro Valverde, el lector se quedará “con ganas de más. Y no por falta de intensidad”.


19/4/14

XLII.- EL OCTAVO DÍA (2)

El octavo día (2)

El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra 
(REFRÁN POPULAR)

La actual encrucijada histórica, en la el hombre tiene en sus manos una capacidad de destrucción y autodestrucción propia de dioses y apenas ha evolucionado su animalidad depredadora, es dramática. A primera vista no se ve la salida, por cuanto se sigue planteando en los mismos términos que han conformado siempre la condición humana y consecuentemente la historia: la acción y la voluntad no siguen dócilmente a la razón y la conciencia.  
Es lo que ya nos decía el viejo apólogo de los Upanisads, que Schopenhauer comentó hace apenas más de un siglo, el del ciego y el tullido que se encuentran en el cruce de caminos. El tullido sabe por donde tiene que ir, pero no puede andar; el ciego se mueve con músculo y prontitud, pero no ve por donde tiene que tirar. 
La transformación o metanoia implica llevar a cabo dos acciones en el orden siguiente: primero, el tullido tiene que subirse sobre los hombros del ciego, que se resistirá a llevarlo en virtud de su natural tendencia a no ver sino su propio y cómodo interés; segundo, el ciego tendrá que echar a andar con todo el peso del que ve, con toda la gravedad del saber sobre sus hombros. Se trata de tomar conciencia de lo andado; como aprendizaje, pues no se puede desandar; duro y doloroso aprendizaje, pues se trata siempre de tomar conciencia de los errores de la andadura. Todo conocimiento de sí mismo tiene como principio esta toma de conciencia y este dolor por los errores. El arrepentimiento, mejor dicho, la “metanoia”, no es un simple catálogo que se anota y se deja a un lado; implica, si es auténtico, una transformación interior. Tampoco sirve, sino para mal, volver sobre los hechos acaecidos, históricos, para ponerlos como piedras en nuestra honda y arrojarlos a los enemigos, sobre los otros, haciéndolos culpables de nuestros propios errores. 
La diferencia de cómo perciben el mundo el ciego y el tullido es la diferencia entre lo que se puede hacer y lo que se debe hacer. Es la diferencia entre una razón práctica atenida al deber que nos impone como carga un saber del mundo como totalidad y una razón práctica instrumental que se proyecta sobre la potencia de lo técnico y se vuelca sobre lo parcial y lo inmediato, que nos ciega en el ideal del poder hacer sin más. 
La historia es maestra de la vida en este mismo sentido que lo es nuestra memoria y en tanto se nos presenta con los hechos desnudos y descarnados de prejuicios, en tanto duro y doloroso re-conocimiento de nuestros errores. Así vamos caminando, leyendo e interpretando el mundo con más o menos acierto y actuando en consecuencia sobre él. Más ciegos que tullidos, hoy el sueño tecnológico nos impulsa a marchar adelante sin saber a dónde vamos. El depredador se impone, con su fuerza llevada a su máxima potencia efectiva, al contemplativo, con ojos más desacostumbrados a la luz que nunca. 
De este modo, se impone hoy como urgencia primera el conocimiento de la verdad sobre la acción, en un momento en que el escepticismo, el relativismo y el nihilismo obnubilan por completo nuestra mirada sobre el mundo, mientras que una voluntad ciega y desnortada está en peligro de llevarnos directamente al precipicio. 
¿Hay límites a la voluntad humana, a su acción sobre el orden natural del que también forma parte, al que ha advenido en forma tardía y se ha encontrado ya preformado? ¿Están estos límites inscritos en el orden natural que esconde su interior, su conciencia, que refleja oscuramente, como un microcosmos, el orden de todo el Universo? ¿Hasta qué punto estos límites de conciencia, de carácter no sólo moral, sino ético, son capaces de imponerse a su voluntad ciega? 
Las sofisticadas herramientas que tiene hoy el hombre en sus manos, no sólo de destrucción, sino de manipulación social y psicológica, ya han mostrado en nuestra reciente historia sus terribles consecuencias. Por otra parte, los experimentos de ingeniería genética y también social no pueden ignorar que el hombre del presente es, colectivamente, el mismo de siempre, y el que tiene la responsabilidad de gestionar al hombre del futuro, un futuro que nadie, dada la condición general del ser humano, puede garantizar. 
Con qué alegre inconsciencia venimos repitiendo, en razón de su popularidad y en razón de una interpretación acorde con la mentalidad reinante, los versos de Machado: “se hace camino al andar”. Parecen, a primera vista,  una invitación a seguir andando hacia adelante sin más, que ya se irá haciendo solo el camino. Pero si nos paramos un poco a pensar estos versos, a pensarlos dentro de la totalidad de la obra machadiana -que no tiene nada de la inconsciencia de ese juvenil progresismo que a veces presume de su magisterio-, implica dos cosas fundamentales: una, que en cada encrucijada estamos obligados a elegir; y otra, que una vez hecha la elección, el camino no tiene vuelta atrás, es irreversible -”y al volver la vista atrás / se ve la senda que nunca / se ha de volver a pisar”.
El homo faber, es cierto, ha progresado inventando nuevas y prodigiosas herramientas, pero, ¿puede entrar en el octavo día armado con ellas hasta los dientes sin poseer todavía la capacidad de usarlas ni siquiera a su propia conveniencia futura como especie? 
Porque en esto de la sabiduría con que el ser humano tiene que manejar sus conquistas, quizá tenga razón hoy para nosotros la visión del sabio taoísta, que nos dice, no con pesimismo, sino con profundo conocimiento de la realidad, la degeneración e involución que sufre la historia cuando el ser humano pierde el sentido de la vida y su lugar en el mundo: 
Cuando el sentido se pierde, aparecen la moral, la solidaridad y la justicia.
Cuando el saber y el ingenio prosperan, aparecen las grandes falsificaciones y mentiras.
Cuando se pierde la armonía natural de la familia, aparecen las formalidades del parentesco.
Cuando hay confusión y desaparece el orden social, surgen los vasallos como soldados fieles. 
En esta encrucijada, sólo la propia experiencia y la atenta e imparcial lectura de la historia humana, por las que, por un lado vemos como el hombre tropieza una y otra vez en la misma piedra, y por otro, como las enseñanzas que los sabios de todas las épocas, sean científicos, filósofos o religiosos, han sacado de su experiencia para nuestro propio autoconocimiento y escarmiento, son siempre, si las tomamos en serio, si no la garantía de nuestro futuro, pues nuestra libertad y nuestra responsabilidad no siempre van juntas, sí al menos una fuente fidedigna de advertencia y orientación. 

Siempre queda un remanente de luz en el paisaje. Y por eso, si el tullido que ve se subiera a hombros del ciego que camina, podríamos ver por donde hay que seguir la marcha   hacia adelante y emprenderla con más confianza en nosotros mismos. Aunque sea de noche.

14/4/14

XLI.- Zambrano: lo que nos va dejando






XLI
Zambrano: lo que nos va dejando

Oh, vigilia del verso 
que has buscado el olor de la tierra
en la memoria de tantos.
Besa mi recuerdo.

(JOSÉ ANTONIO ZAMBRANO)


Un libro más de Zambrano -Lo que dejó la lluvia, Calambur, 2014- no es un libro más de Zambrano. Es el mismo libro, cada vez más hondo y transparente, más acendrado y riguroso, más preciso y descarnado, más decantado y amigable. Zambrano lleva toda la vida -que ya va siendo larga y Dios se la conserve- siendo fiel a sí mismo y a la intimidad que le rodea: esposa, hijos, amigos, poesía... Una vida sencilla, una intrahistoria.  “De la mano de todos”, como dice en uno para mí de los más hermosos poemas del libro.  
Todas las circunstancias que rodean al vivir y poetizar como tarea cotidiana en Zambrano conforman una sola pieza musical que se va desarrollando en movimientos sucesivos que son en esencia el mismo movimiento. Él escribe la partitura y dirige la orquesta a un tiempo, con pluma en la mano en vez de una batuta. “Soy -dice- el que elige el pan que como y el que sabe que sus actos pertenecen solo a una vida”. Así ha adquirido la maestría y autenticidad que tiene y que se manifiestan en toda su obra y de manera especial, como de síntesis más descarnada, en este libro. 
La fidelidad, en todos los terrenos en que se ejerce, siempre tiene sus frutos. Que se desparraman también alrededor de aquel que persevera en ella. Así, los que hemos venido respondiendo a las exigencias -nunca proclamadas, sino silenciosamente ejemplarizadas- de esa fidelidad, no sólo en la amistad compartida, sino como lectores asiduos de su obra, también obtenemos nuestro premio, que es de comprensión y reconocimiento, de dis-frute. Incluso aquellos que, quizá con más distancia y también con más acierto, por oficio, han venido estudiando como críticos su poesía, por ejemplo Ricardo Senabre o Miguel Ángel Lama, han sabido ver que detrás de ella hay una tarea asumida como misión vital ineludible.   
La obra de Zambrano -pues se trata de esto, de una obra, no de una serie de libros- es, como dice Marcel Legaut, una obra de itinerario. Y como en todo itinerario vital, nada se desperdicia en el camino, sino que se va recogiendo e integrando para que todo llegue a su cumplimiento, es decir, a su plenitud. Queda dicho también, de forma luminosa, por nuestro poeta en otro de sus poemas, “Futuro”, especialmente en el sentencioso penúltimo verso: “Fijo el viaje lame su llegar”. Lo constante, lo fijo, es el viaje, que curiosamente no se va haciendo más premioso, sino más reposado, más demorado en mirar por donde se pasa, más consciente del viaje en sí, re-creándose en el propio viajar. Como bien dice Ramón Pérez Parejo, el autor del prólogo del libro, no hay en este regresar nostalgia, sino apropiamiento o aprovisionamiento para el vivir diario. Lo que se recoge es el hilo de la memoria, que se enhebra a la aguja que cose el aquí y el ahora. Al mismo tiempo Ulises y Penélope, la memoria va tejiendo -tejido, texto- la figura: ser uno mismo, reconocer el santuario hacia el que el peregrino va, al que va viendo que regresa.  
 Porque, ¿a dónde viajamos? “Vete despacio que a donde tienes que ir es a ti mismo”, reza un proverbio zen, que Juan Ramón Jiménez glosa en Eternidades: “¡No corras, ve despacio, que adonde tienes que ir es a ti solo!”. Por eso, es solo una aparente paradoja que este viaje en Zambrano hacia su propio cumplimiento sea un viaje de regreso, tal como se reclama ya en la cita de Cortázar del comienzo del libro: “Se dio cuenta de que la vuelta era realmente la ida en más de un sentido” y en todo el primer poema, “Memoración”: volver, retornar, a lo que siempre estuvo ahí como patria -con resonancias de Rilque-, sólo que más desnudo -también sin patria -otra patria-, sin lengua -otra lengua-, parece desdecirse luego. Desnudo bajo la lluvia. 
Esta es la paradoja, se va hacia el origen, se hace un peregrinaje de regreso; paradoja cuya resolución sólo puede llevarse a cabo viviendo con autenticidad, como respuesta a la llamada, a la vocación, que el poeta va desgranando en  su exigente fidelidad a la obra, que es su vida.  Así el poeta, como dice Ernst Jünger, "ayuda al ser humano a encontrar el camino de vuelta a sí mismo: él es un emboscado”. Esta palabra, “emboscado”, pienso que le cuadra bien a Zambrano, como me conviene a mí y a otros pocos amigos que, por decisión propia,  más o menos consciente , vivimos un tanto apartados del mundo, aunque no dejemos de estar en el mundo. “De la mano de todos”, compartimos nuestra soledad, que es también la de todos. Lo que un poeta como Zambrano se exige a sí mismo no consiente las distracciones del mundanal ruido, si quiere llegar a conocer su verdadero rostro y mostrarlo. 
Pues de lo que hay que hablar es de reconocimiento. No otra cosa es la dirección de este itinerario de vida y obra. “No cesaremos de explorar -dice T. S. Eliot- y el fin de nuestra exploración será llegar a donde arrancamos y conocer el lugar por primera vez”. Este lugar, presentido una y otra vez por Zambrano -”lugar cercado que prima lo preciso del poema y ama las mismas cosas todos los días”- es como la brújula dorada que orienta un destino y que se mueve en el abierto magnetismo de las palabras. Buscar el sentido en la palabra y buscar el sentido de vivir se fijan en lo mismo. De ahí la inextricable y a la vez inseparable unión de vida y poesía, vereda y búsqueda, que, aunque no se le conociera personalmente, se dejaría ver con luz propia en la poesía de Zambrano.
“Es necesario elegir -dice Zambrano como “Penúltimo deseo”- entre amar la vida o comprenderla”. Y se responde a sí mismo: “Yo he optado por amarla”. Pero el poeta no puede renunciar a pronunciarla también y para ello debe seguir buscando. Pronunciación, es cierto, siempre penúltima, pues, fiel y exigente consigo mismo, Zambrano seguirá incansable hasta el final, hasta el cumplimiento que está más allá de las palabras, haciendo su obra, es decir, viviendo y amando. 




11/4/14

XL.- EL OCTAVO DÍA

El octavo día (1)

Para el día séptimo había concluido Dios todo su trabajo; y descansó el día séptimo de todo su trabajo (Génesis, 2, 2)

Las interpretaciones que conozco sobre la evolución -sin tener en cuenta a quienes simplemente la niegan- se pueden resumir en dos que son totalmente contrapuestas. 
Una dice: toda la evolución no es más que el resultado del azar y la necesidad. ¿Para qué o hacia qué evoluciona el universo? Para nada, hacia ninguna parte, responden quienes defienden esta primera tesis; las cosas ocurren porque sí y además no le ocurren a nadie. El sujeto, la conciencia, no existe. 
La otra dice: toda la evolución responde a un plan, bien inserto en la propia Creación -en la Naturaleza- o bien concebido por un Ser infinitamente sabio que crea y recrea el Universo y lo hace evolucionar hacia una meta que no sabemos bien cuál es. 
En el Génesis bíblico se presenta esta segunda interpretación en forma literaria, mítica. Quienes sostienen la primera, se atienen a los datos que ha ido aportando la ciencia, de los que deducen o extrapolan -la ciencia no demuestra nada en este sentido- su interpretación. 
Las aproximaciones a esta cuestión en los últimos dos siglos están llenas de metáforas sugerentes que pretenden sustituir la tradicional alusión bíblica al descanso de la tarea creadora de Dios: Dios ha muerto, Dios se ha retirado, Dios se ha ocultado.
Si nos centramos en la evolución del ser humano, también encontramos estas mismas posturas, que coinciden en considerar que el hombre ha pasado ya por tres largas etapas o fases. En una de ellas, se yergue sobre sus cuatro patas de animal y cambia “el lomo de la fiera” por la espalda del “homo erectus”. En la otra, el “homo erectus” pone en sus manos una herramienta -a-garra la piedra lascada o pulimentada- y se convierte en el “homo faber”. Pero, como dice el mito de Prometeo, las herramientas no son sino una prolongación de sus garras y, en la ambigüedad de su doble cara -la piedra bifaz- sirve más bien para que se destruyan unos a otros. Si uno mira la historia, tenemos que darle la razón al poeta Ángel González en unas de sus “Glosas a Heráclito”: 

Nada es lo mismo, nada
permanece. Menos
la Historia y la morcilla de mi tierra:
se hacen las dos con sangre, se repiten.

Cualquiera de las dos interpretaciones sobre la evolución que hemos referido, es decir, tanto si nos acogemos a la idea de que el universo -y el hombre con él- evoluciona al margen de todo proyecto intencional, como si entendemos que existe una finalidad que lo trasciende y nos trasciende y le da sentido, hemos de reconocer, en tanto animales reflexivos que somos, capacitados para leer el mundo en que vivimos, que la evolución o la creación, como dice Idries Shah, ha entrado en su octavo día. Y el hombre se encuentra con la tarea de tener que hacerse cargo de su propia evolución y, en cierto modo, de la del universo entero. Las decisiones que adopte de ahora en adelante tendrán repercusiones trascendentales para sí mismo y para el mundo que habita. 
Fijaos bien en esto: lo que el hombre tiene ahora en sus manos no es una simple piedra, lascada o pulimentada, sino una bomba atómica en una de las manos, la de la destrucción total; y en la otra, una bomba de relojería, la de la manipulación genética, la del transhumano, el cybor, la reconstrucción total del proyecto original. Ya Descartes declaraba, en el optimismo inicial de la modernidad, “señores y propietarios de la naturaleza”. Hoy, la enorme capacidad de autodestrucción que tiene en sus manos y la no menos inquietante capacidad de manipulación del mismo corazón de la vida, viendo al mismo tiempo que en esencia no hemos salido del paleolítico y que seguimos siendo básicamente depredadores instintivos, y, sobre todo, los acontecimientos históricos recientes del nacionalsocialismo y el comunismo, nos ha vuelto más pesimistas o más realistas. Quizá porque hemos tomado conciencia de que el hombre no es el amo y señor de la naturaleza, sino que forma parte inseparable de ella, que es una criatura, más evolucionada y evolucionable, pero una criatura, un ser abierto en su estructura, pero a la vez cercado por sus limitaciones. 
La gravedad que adquiere hoy el uso de las herramientas inventadas por el hombre, que siguen manteniendo su consustancial ambigüedad, presenta dimensiones apocalípticas; es decir, las características de una nueva revelación.  Konrad Lorenz se refirió a la posibilidad de que estemos a las puertas de un descubrimiento trascendental -fulgurante, dijo- que suponga un salto cualitativo para la humanidad, que sirva para esclarecer el sentido del universo y el lugar del ser humano en él. Este descubrimiento sería, dice Viktor Frankl, como la exposición “fulgurante” a la que se somete una película fotográfica y, por tanto, sólo después podrá ser revelada. ¿Quién se atreverá a interpretarla y actuar en consecuencia? ¿Con qué derecho? ¿Con qué garantías?

Pues esta revelación no viene ya de ningún orden sobrenatural o trascendente, no se justifica invocando la voluntad divina, no se apela a instancias omnipotentes ni omniscientes. Los hombres ponen ahora su destino en manos de otros hombres y fía sus deseos a sus mismas promesas. ¿Es consciente, si se conoce bien a si mismo y a sus congéneres, del riesgo que corre? 

2/4/14

XXXIX REEDUCAR LA MIRADA LECTORA (2)

REEDUCAR LA MIRADA LECTORA (2)

Nuestra cultura es un edificio monumental de textos.
(YURI LOTMAN)


“Nuestra cultura es un edificio monumental de textos”, dice Yuri Lotman. Un monumento que se hace piedra viva en la conmemoración y rememoración que supone el ritual de la lectura. 
Tanto la conmemoración como la rememoración constituyen una especie de re-conocimiento. Algo que ya se conocía, porque el que lo ha escrito lo conocía y el que lo lee también lo conocía a su manera, lo intuía desde sus preguntas existenciales, es re-conocido, se muestra en el encuentro que es la lectura. Podríamos decir, sin temor a exagerar demasiado, que es revelado: se le quita el velo, quizá anudándole otro velo y tirando de él. 
Conmemoración y rememoración actualizan, en su representación litúrgica, el sentido inagotable de representarse el mundo. Esta actualización es apropiación personal, aunque sea compartida, en la que interviene en primer término el filtro de nuestros prejuicios, de los que no podemos prescindir, pues a través de ellos se efectúa siempre la selección de aquello de lo que queremos apropiarnos. Una selección que no es sólo sobre los textos que elegimos para leer, sino sobre todo aquello que hemos decidido leer. Esta selección es, en sí misma, una operación que al tiempo que subraya, tacha; una operación de renuncia a leerlo todo, como desearíamos a veces, una decisión de eliminar o pasar por alto lo que en principio no consideramos como propio, que no estamos interesados en apropiarnos. Podemos entender, además, cómo estas selecciones vienen determinadas por el fluir, imprevisto e inconsciente casi siempre, de nuestras experiencias vitales. 
Toda lectura comprensiva es, por ello, siempre parcial y provisional; pero al mismo tiempo se realiza de manera total en tanto comprensión por los efectos que tiene sobre nuestro presente y su horizonte concreto. 
La apropiación personal de lo leído, su comprensión real, equivale a una tarea de traducción, en el sentido amplio de esta palabra; es decir, no reducido exclusivamente al simple traslado de un idioma a otro. Esto lo saben muy bien los mismos traductores: traducir un libro o un texto que sea algo más que información técnica o propaganda, un texto verdaderamente literario en su sentido propio y profundo, presupone una entrega total al sentido del texto, a la apropiación de ese sentido, que va más allá del significado de sus palabras, frases y subtextos, pues se trata de captar el sentido de su totalidad como obra. 
La traducción, en este sentido amplio de lectura profunda y comprensiva de un texto, es interpretación del texto que se lee y relee, y viene a ser en último extremo una suerte de re-escritura. De hecho, la mejor manera de comprender un texto apropiándoselo es reescribirlo -resumirlo, glosarlo, comentarlo...- No se trata de copiar un texto, ni de manera literal ni de ninguna otra manera, plagiándolo, sino de aplicar a su lectura operaciones de selección -por eso subrayamos lo que leemos-, que supone dejar de lado aspectos del texto que no nos interesan o nos pasan desapercibidos en sus primeras lecturas. Si el texto interesa de verdad, acabamos de hecho subrayándolo todo.
Esa especie de reescritura conlleva también operaciones de reordenación, de añadidos por nuestra parte o sustituciones, exigidas por la interpretación actualizada, aquí y ahora, del texto en cuestión, según nuestro interés y saber actual, que continuamente reactivan el conocimiento de nuestra tradición, siempre resonando en todo cuanto se escribe con propiedad; o bien simplemente nuestros prejuicios, que nunca faltan. Así se reduce o amplía, desde el contexto de su producción, el alcance del texto para nosotros. Por todo ello, traducción, tradición y traición tienen un estrecho parentesco y resulta difícil leer y releer sin tomar con ello nuestro propio partido.
De todo esto se deduce en qué consiste verdaderamente la tecnología de las ciencias del espíritu, de las humanidades, en la comprensión -interpretación, traducción, apropiación, actualización...- de los textos representativos de nuestra tradición. Y esta es, por tanto, la tarea esencial e irrenunciable de toda formación humanística, que yo llamaría sencillamente “humana” para hacerla salir de sus limitaciones académicas y escolares. 
De ahí la importancia fundamental de formar buenos lectores, en su sentido más profundo, de formar una especie de diaconidad de lectores que deben tomar conciencia del significado de su actuación como tales en la representación litúrgica repetida de la lectura. Se trata de algo muy serio, casi sagrado, que se ha ido degenerando en actividades triviales y banales con el tiempo, en las constantes lecturas superficiales de usar y tirar que ha introducido la mentalidad consumista no sólo en nuestra sociedad, sino también en nuestras escuelas. ¿No se ha convertido la escuela toda en un ritual sin sentido en el que cuenta sólo la cantidad -de años de escolaridad, de títulos y titulillos, de actividades, de especialistas, de recursos, de tecnología, de aditamentos y estorbos de toda clase- y los formalismos consumistas de política correcta? ¿No se confunde aquí, como en tantas otras cosas, el fin con los medios? ¿No vemos a la lectura, que es un medio -una compleja y potente herramienta y su ejercitación para conseguir otra cosa, que es la formación-, como un fin en sí misma? ¿No se ha degradado el propio ritual en rutina y leemos como nos persignamos sin ser conscientes ni estar atentos a lo que estamos haciendo? Si nuestros grandes autores levantaran la cabeza y se asomaran a las aulas y a los demás escenarios en que hoy se lee, les pasaría como al caballero músico que cuenta Don Juan Manuel en uno de sus prólogos al Libro de Patronio, que oyendo tararear a un zapatero de manera desatenta y desentonada una de sus canciones mientras trabajaba, bajó del caballo y le destrozó los zapatos que estaba haciendo. En el pleito, el caballero se defendió diciendo que él había hecho con los zapatos del zapatero lo mismo que el zapatero había hecho con su canción. 
Si entendemos la lectura como la herramienta con la que el hombre se humaniza y se busca en lo mejor que en cada uno se guarda, el uso de esta herramienta tiene que realizarse de la manera sofisticada que exige toda la complejidad del espíritu humano. Y hay que saber qué leer, cómo, cuándo, por qué y para qué, dónde y con quién... Hay mil formas por las que la liturgia de la lectura se representa una y otra vez para hacerse realidad y hacer que las generaciones y los individuos se la vayan apropiando, para revitalizarla, revitalizarse a sí mismos y revitalizar la propia realidad.


Y a propósito, ¿qué dice sobre esto el informe Pisa? Nada. ¿Qué se dice en los debates que suscita en los medios el informe Pisa? Nada. 

XXXVIII REEDUCAR LA MIRADA LECTORA (1)

REEDUCAR LA MIRADA LECTORA (1)


Leer bien es arriesgarse mucho. Es dejar vulnerable nuestra identidad, nuestra posesión de nosotros mismos.
(GEORGE STEINER)



En una cultura, como la nuestra, que es fundamentalmente un “edificio monumental de textos”, como dijo Yuri Lotman, la lectura viene a ser su principal ritual de iniciación y acceso a la participación en ella como adultos responsables. Ritual es un término que tiene un doble significado, uno de ellos claramente peyorativo. La lectura puede ser, es así de hecho si lo miramos en sus aspectos consumistas y escolares o académicos, un ritual vacío, puramente formal, lleno de apariencias y actividades superficiales, que no sirve a los propósitos iniciáticos, formativos y críticos que le corresponden. Entender y aclarar esos propósitos es la primera tarea de reflexión sobre el papel de la lectura hoy en una sociedad sobreinformada e invadida por una tecnología que condiciona el papel tradicional de la escritura en papel, de los libros. 
El destino de todo escrito es ser leído y releído, como el destino de una partitura musical es ser oída y escuchada. Toda buena lectura, como la interpretación de una partitura, consiste en una suerte de representación, de puesta en escena, en la que el lector es a la vez público y actor en la obra representada. Por eso un buen texto no es tanto aquel que se multiplica en una edición de muchos ejemplares como aquel que a lo largo del tiempo se repite, se representa una y otra vez como fuente de rememoración y conmemoración del edificio monumental de nuestra cultura. Esta representación, que la lectura sucesiva y la re-lectura hacen permanecer en cartel a lo largo del tiempo, pertenece a la vida, corta o larga, de los libros y es lo que convierte a algunos de ellos en clásicos.
En las campañas de promoción de la lectura se olvida distinguir entre cantidad y calidad, no se tiene en cuenta que hay libros y libros, cada uno con sus particulares exigencias. ¡Cómo comprender en un rato robado al trajín de la vida social un libro que ha tardado años en escribir un autor! Precisamente la seriedad responsable y la eficacia efectiva del ritual de lectura en nuestra tribu depende sobre todo de sus ejecutores, de la cadena viva de transmisión y revitalización de los lectores; y, por tanto, depende en gran parte de su formación como tales, a la vez abierta a todos y exigente con todos.  Por eso es hoy urgente y necesaria la re-educación de la mirada lectora, pues de esa mirada depende también que se afine el oído para la música de las esferas - “Salinas, cuando suena la música extremada”- y se eduque la voz para cantarla, como solistas o en coro. 
Muchas lecturas se hacen de manera superficial y mecánica, bien porque el texto leído no exige profundizar en él, bien porque un cierto automatismo adquirido por el lector le hace pasar por alto lo que lee, más preocupado en tomar que en dar en un encuentro que, como decía Quevedo, es un comercio -”ando con el comercio de difuntos y con mis ojos oigo hablar a los muertos”-. La lectura mecánica afecta también, quizá con mayor peligro, al lector experto en el oficio. Así ocurre con algunos eruditos, que leen como se lee la guía telefónica, buscando sólo el dato que les interesa; o con algunos críticos, que hacen lo propio para armar sobre la marcha sus prejuicios académicos de especialista o sus malentendidos de lector superficial que usa la lectura de un texto como pretexto para hacer el suyo; o como algunos escritores, que leen para buscarse a sí mismos, citados o reconocidos, y así muchas veces dejan, por esta ganga de la vanidad, lo que pueda haber de valor en lo que están leyendo. 
Muchas veces los ojos del lector, aún del lector cualificado, pasan por encima de las palabras sin que éstas pasen a formar parte de él, sin sentirlas como suyas.  A veces nuestras lecturas se parecen a esos sueños de poco antes de despertar en los que uno se ve ya fuera de la cama, se ducha, se afeita, se lava los dientes, se dispone a desayunar y... de pronto se encuentra otra vez en la cama bien arropado y cómodo y medio dormido. Una lectura de verdad tiene que servir para despertarnos de verdad y ponernos en riesgo de convivir con un mayor realismo, veracidad y autenticidad con las cosas que nos rodean. 
Toda lectura de fondo, más allá de su función informativa de carácter puntual y como actividad de entretenimiento, presupone el haber ya leído y, consecuentemente, una selección ulterior de textos que piden ser leídos de nuevo. En toda lectura, pero sobre todo, en aquellas que reclaman una relectura, subyace una intencionalidad, un interés dirigido a la apropiación personal de lo leído, a su entera comprensión. Ya en un primer acercamiento, de manera intuitiva, se percibe en aquello que se lee si de verdad es algo que debe ser considerado como disponible para ser propiamente algo nuestro o hay que dejarlo pasar sin más. Se relee, pues, para comprender mejor y esa comprensión implica una especie de apropiación personal de lo leído que pasa a formar parte de nuestra memoria viva.
Lo que la lectura tiene de representación y repetición se parece a una especie de liturgia. Como en toda liturgia, la repetición es lo que hace que esté vivo o presente un texto como acontecimiento. En la participación de su representación, en su liturgia, se conserva y al mismo tiempo se actualiza o revitaliza una comunidad de sentido, una tradición. En los ojos y oídos del lector, el texto vuelve a revivir para la comunidad, como revive en la representación el texto dramático en la entrega que hace el actor a él delante del público. La liturgia de la representación no es por eso repetición mimética de los textos de origen, sino interpretación y actualización que los hace revivir en un nuevo contexto. Un contexto que no es simple decoración y tramoya, sino vivencia y experiencia que sale al encuentro del sentido originario de los textos una y otra vez. El edificio cultural cobra así presencia viva, se realiza en toda su monumentalidad, se conmemora y rememora reconstruyéndose constantemente.