13/5/14

XLVII El sabor de la fruta madura

XLVII
El sabor de la fruta madura

Ni vale nada el fruto 
cogido sin sazón...
Ni aunque te elogie un bruto
ha de tener razón.

(ANTONIO MACHADO)

Reconocer el mundo y ser reconocido en él es lo que convierte al mundo en un lugar con sentido, un cosmos, una morada. Cuando falta la percepción de ese orden del que nos sentimos formar parte, de ese sentido, nuestra desorientación cobra dimensiones absolutas. El nihilismo, la depresión, el sinsentido nos hunde en el abismo existencial. ¿Hay en el ser humano, en su estructura esencial y originaria algo que le permite percibir el sentido y el sinsentido? 
Un ejemplo trivial, pero que es todo un símbolo: hoy mucha gente joven no puede saber a ciencia cierta si la fruta que se compra en los supermercados es buena fruta o no –a pesar de su resplandeciente apariencia, que enseguida se corrompe- porque sencillamente no han probado nunca una fruta madura recién cogida del árbol. Lo que comen no está en sazón, por muy vistosa que se muestre al consumidor para ser vendida; es fruta verde que viene de cámaras frigoríficas y que fue recogida Dios sabe cuándo, dónde y por quién y sometida luego a las trampas artificiosas de la vistosidad. 
Yo no creo, sin embargo, que los jóvenes hayan perdido por eso necesariamente el gusto, que es un don natural. Y bastará que prueben una vez una fruta madura –que revivan conscientemente esta experiencia feliz- para que la reconozcan como tal. Para ello, para que el reconocimiento pueda realizarse, debe ir acompañado de una cierta apertura, pues siempre tendemos –los “modernos” quizá más que los “antiguos”- a encajar nuestras experiencias en las estructuras mentales cerradas –nuestros prejuicios- en los que,  jóvenes o viejos, hemos sido socialmente condicionados. 
Hay una historia que cuentan los sufis a propósito del tema. Es la historia de aquel que nunca había visto otra clase de pájaros que el canario que tenía en la jaula. Un día atrapó un aguilucho y se dijo: ¿qué clase de pájaro es este? Lo llevó a casa y con las tijeras de podar le enderezó el pico y le recortó las garras de las patas. Luego lo soltó diciendo: Ahora sí que eres un pájaro de verdad.

Si falta un reconocimiento de la realidad, en virtud de las anteojeras con que miramos y leemos el mundo, y pedimos peras a los olmos, pocos frutos recogeremos. La pregunta pertinente es por tanto la siguiente: ¿Qué clase de frutos se recogen hoy del árbol de nuestra cultura? ¿No hemos cambiado los árboles frutales, que nos exigen más cuidados, por los olmos -quizá sería mejor decir “eucaliptos”, que crecen sin cultivo en cualquier terreno y no dan ni sombra- a los que pedimos lo que no pueden dar? De esto precisamente tendremos que seguir hablando, largo y tendido.

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