24/4/18

INSPIRACIÓN



Mientras la lechuza duerme 
y sueña entretenida 
con la rima, el ritmo y la medida, 
las musas vienen a verme. 

Premonición del verso.
Se adentra la palabra
en un futuro incierto.

18/4/18

¿Es compatible la ideología nacionalista con la democracia?

En una reciente entrevista  en 24 horas José Piqué hacía una serie de sustanciosas y acertadas consideraciones sobre el llamado “proceso soberanista” en Cataluña. Hubo, sin embargo, una afirmación por su parte que me suscitó serias dudas: “Ninguna idea —dijo—, si es expresada democráticamente, es rechazable”. Entiendo que quiso decir algo que debería ser obvio, que en una democracia representativa —no concibo otra clase de democracia— las formas son esenciales. Pero, ¿no hay que preguntarse también por los contenidos? ¿No se prohibiría un partido en cuyos estatutos se defendiera el racismo? Deberíamos empezar ya a sacar lecciones de este proceso que lleva ya tanto tiempo desarrollándose, que ocupa a diario los titulares de información y por el que una minoría, en un golpe de estado permanente, arrastra a una mayoría a una zozobra y preocupación constante y creciente. Y la primera lección que a mi me suscita procede de esta pregunta: ¿Es compatible el nacionalismo con la democracia? No es una pregunta que debiera producir escándalo, pues en otros países europeos —Alemania, sin ir más lejos— los partidos nacionalistas están prohibidos. 
Porque si el nacionalismo no es compatible con la democracia —y yo tengo serias dudas al respecto—, aquí hay un tema fundamental para la posible reforma de nuestra constitución que va en sentido diametralmente contrario a lo que gran parte de los participantes en el asunto parecen proponer, que es ampliar y ahondar aún más en lo privilegios de los nacionalismos, tanto los pertinaces como los incipientes. Esta idea, ampliamente compartida por personas bienintencionadas juntos a otras que no lo son tanto, pone de manifiesto cómo el nacionalismo ha impuesto una manera de pensar y, aún más, un lenguaje perverso que le concede siempre ventaja en las discusiones —y en los votos, pues los suyos parecen valer más que los de los demás—.  Por eso, entrar en la dinámica de un “diálogo” con los nacionalistas, desleales por definición y contumaz experiencia, supone llevar siempre las de perder, porque se dialoga siempre dentro de una trampa tendida. Para ellos dialogar es ceder al chantaje; llevan cuarenta años acostumbrados a esta clase de diálogo.  
Esta perversidad del nacionalismo está ahí desde el origen, hasta en la misma constitución, con su referencia a los llamados “derechos históricos”. Está en que una doctrina como la del nacionalismo, que ha producido en la más reciente historia de Europa las mayores atrocidades de la historia de la humanidad, haya tenido, al socaire de la transición, el reconocimiento explícito como valor político en igualdad con otros valores y derechos como la libertad, la igualdad, la solidaridad, que forman parte esencial de la democracia, al hablar de “derechos históricos”. Los derechos históricos de un pueblo —definido como tal por una minoría que se arroga su representación— son cosa del antiguo régimen absolutista, donde no había ciudadanos, sino súbditos. Lo que la ilustración nos trajo es la soberana idea de que es el ciudadano, personal e individualmente considerado, el detentador de derechos y deberes por encima de cualquier otra identidad colectiva, sea de naturaleza —como la raza— o histórica —como la nación o “el pueblo”—. El “pueblo” se constituye mediante una ley compartida, no mediante herencia de apellidos y costumbres. Costumbres diversas —como las del habla materna, para mí sagrada— que deben ser respetadas mutuamente, entre todos y las de todos. “Un hombre, un voto”, dice uno de los principios democráticos; no dice “un pueblo, equis votos”, pues si los individuos pueden votar de cuerpo presente y con el DNI en la mano, ¿como vota un pueblo? ¿Qué eso del “pueblo catalán”? 
El nacionalismo tiene una lógica perversa y el proceso de su expansión y engorde se basa en su insaciabilidad constitutiva y constituyente: a) somos diferentes, b) esa diferencia se muestra en nuestra superioridad como pueblo; c) tenemos derecho a un estado propio; y d) nuestra superioridad como estado exige la conquista de un espacio vital y el sometimiento de otros estados y sus gentes inferiores. Esta es la lógica que, como el nacionalsocialismo en la Alemania de los años treinta del pasado siglo, han seguido siempre todos los nacionalismos. 
Esta lógica encuentra, además, en los medios de información y comunicación —sobre todo si están a su vez controlados por el poder político, como ocurre en Cataluña—, cuya lógica se hermana inevitablemente con la lógica del nacionalismo: la lógica de las (malas) noticias, mezcladas con la propaganda y la mentira. Un titular tiene por fuerza que simplificar una información, y esa simplificación se produce siempre en favor de lo más noticiable. ¿Y qué es lo más noticiable? Hace ya algunos años Vázquez Montalbán preguntaba en una entrevista a Jacques Fauvet, entonces director de “Le Monde”, como definiría una noticia. Y Fauvet le contestó: “Una noticia es una mala noticia”. Por tanto, entra en la lógica también de una manera de pensar fácil, presta a la emocionalidad irracional, de una mentalidad general por la cual siempre tiene la razón el que forma ruido y espectáculo, el que se manifiesta, el que hace el escrache, el que ataca y provoca, el que se rebela, el que pide diálogo dando patadas en los tobillos, etc. etc., sin entrar a discernir el contenido de la manifestación, la protesta, el escrache, la provocación o el “diálogo”. Lo llamado “políticamente correcto” es hoy el presupuesto más fácil y espurio del aborregamiento general que puede imponerse a través de los medios. Los medios deberían estar muy atentos a este uso perverso. Las manipulaciones de los sucesos del 1-O por parte de los nacionalistas y la respuesta en los medios, especialmente los internacionales por estar más alejados de los hechos, lo pusieron de manifiesto. Y seguimos en las mismas. 
El ruido y la furia de las (malas) noticias diarias no nos dejan ver el fondo del problema, la enfermedad de la que estas constantes subidas de temperatura no son más que el síntoma febril. Malas noticias siempre porque en este terreno, como en otros, en los medios, la verdad y el bien llegan siempre con retraso en relación con la mentira dicha y el mal hecho, como un agua derramada sobre el barro que no puede recogerse ni toda ni limpia. Es verdad que nuestras instituciones están casi todas podridas —desde los parlamentos a las universidades — y yo estaría de acuerdo con muchas de las cosas que dicen los nacionalistas si fueran expresión de una toma de conciencia sobre la inanidad degenerada de la política actual. Pero es que los nacionalistas no buscan otra forma de vivir para las personas, sino hacerse con el poder político de un Estado propio que, si lo consiguieran, mostrarían en sus instituciones propias una podredumbre aún mayor de la que hoy se nos muestra, dada la desfachatez conque ignoran las leyes, tergiversan la información  y conculcan las formas democráticas parlamentarias.
En estas confluencias de lógicas sistémicas, el nacionalismo encuentra su caldo de cultivo y se alimenta de ellas imponiendo su lenguaje tramposo de la superioridad incuestionable del niño mimado. Es por tanto la ideología misma del nacionalismo la que debe ser combatida en defensa de la verdad, de la argumentación, de la democracia, de la racionalidad, de la libertad y en defensa sobre todo de los niños y su imperdonable adoctrinamiento en el odio y el enfrentamiento. Por todo esto entiendo que el nacionalismo es incompatible con la democracia: es, por el contrario, una enfermedad contagiosa y hay que hacer con él lo que se hace con cualquier epidemia: aislarlo y sanarlo, aunque sea contra su voluntad. 
Hay más razones de estas que he señalado, pero deberían bastar estas para que los amigos catalanes que conozco —personas honradas, inteligentes, sensatas y bien formadas e informadas— entrasen en razón. Las he escrito —no sin dolor — pensando sobre todo en ellos — catalanes de nacimiento o que emigraron a Cataluña, como uno muy querido que se me acaba de morir—y que con más ardor o más tibieza abrazan esta enorme farsa a la que asistimos. Termino, con mi indefectible aprecio por ellos más allá de como piensen, con unos versos de Serrat, de su canción Pueblo Blanco, que adquieren hoy —aunque vemos una vez más que nadie es profeta en su tierra— un sentido profético: 

Escapad gente tierna 
que esta tierra está enferma 
y no esperéis mañana 
lo que no os dio el ayer / que no hay nada que hacer […] 
Pero los muertos están en cautiverio 
y no nos dejan salir del cementerio. 



15/4/18

IGUALITARISMO

Con la absurda pretensión
de que todo el mundo tenga
su título de doctor,
el doctor está sin libros
y los libros sin doctor.

16/3/17

In—FORMACIÓN


La palabra “información” se refiere a la acción de formar o dar forma. Algo que proviene de fuera va adquiriendo forma desde el interior de uno mismo al ser comprendido; es decir, prendido con lo que ya se tiene. Un proceso que exige ciertas condiciones; de reflexión y tiempo entre otras.
Hasta hace muy poco tiempo la información que podíamos tener sobre el mundo era escasa, lenta e inaccesible. Las noticias circulaban al ritmo de las mulas y tardaban en llegar tanto que cuando llegaban ya no eran noticias. Para conocer el mundo había que ir a estudiar a Salamanca y saber latín; hoy Salamanca la tenemos en nuestro smartphone y basta con apretar un botón y chapurrear el inglés para que el mundo esté a nuestra mano en cada momento. 
Hoy el problema es el contrario: la información es sobreabundante, cambia rápidamente y nos inunda como una atmósfera contaminada. Es su exceso, su dispersión y su continuo y frenético cambio el que nos mantiene desinformados, pues resulta imposible asimilarla y convertirla en conocimiento. Por eso, si queremos realmente saber algo de lo que pasa en el mundo, lo primero que se impone es una selección: ¿cuánta, de la información que se recibe, es manifiestamente desechable, aunque sólo sea por redundante o trivial? Sin entrar en otras consideraciones, como su pertinencia, sentido, razonabilidad, coherencia, relevancia, acuerdo o apalabramiento consentido, características todas que dan para una larguísima y profunda discusión. 
Así que si uno quiere ser algo más que el perro de Pavlov que reaccionaba al sonido de la campana que anunciaba la comida segregando saliva y jugos gástricos y comprender el mundo para manejarse en él de manera más consciente, deberá adquirir en primer lugar criterios para seleccionar la información que, como un nuevo diluvio universal, cae a diario sobre nuestras cabezas. 
Una selección exige, por tanto, disponer de criterios. ¿Qué criterios? La palabra “criterio” tiene que ver con “criba” y también con “crisis”; nada más necesario hoy que disponer de criterios, lo cual exige una esmerada educación. Aquí está el fallo. Porque al mismo tiempo que han aumentado los años de escolarización y la cantidad de información exigida en los currículos de enseñanza y los títulos correspondientes, ha ido decreciendo realmente la educación. Y ha ocurrido así sobre todo porque se han olvidado cuatro cosas fundamentales y necesarias para que se realice el hecho de la educación: 
Una: que no la puede llevar a cabo sólo la institución escolar, sino que se tiene que realizar con el concurso de toda la sociedad, coralmente y al unísono, es decir, con el mismo son, aunque sean diversas las voces entonadas. Esta diversidad no se impone dividiendo el Estado en diecisiete administraciones más o menos centralizadas y cerradas en sí mismas; la diversidad es hoy de toda nuestra cultura.
Dos: la materia informativa de que la educación se sirve para realizarse tiene que ser forzosamente una tradición cultural en la que se han ido decantando con el tiempo y la crítica —que también tiene que ver con “criterio”— las cuestiones esenciales —valores y virtudes, principalmente— para la pervivencia, convivencia y desarrollo de esa tradición, es decir, de una civilización determinada. Lo que se entrega y recibe en todo proceso educativo es una memoria y tiene carácter intususceptivo, o sea, orgánico: su evolución es al mismo tiempo conservación y aumento, no derribo y relleno de escombros. 
Tres: que a la hora de la entrega y acogida de esa tradición, quienes lleven a cabo tal tarea —padres, profesores, periodistas, políticos, famosos, etc,— deben tener autoridad reconocida, más allá del poder y su influencia —política, económica, mediática— ; pues es la autoridad la que nos levanta y hace crecer, protegiéndonos al mismo tiempo de un poder que convertido en fin en sí mismo, nos limita y constriñe, o nos aplasta con sus leyes, su control burocrático y sus monsergas.  
Cuatro: que educar viene de “ex ducere”, es decir, se trata no tanto de echar más información sobre las cabezas de nuestros infantes, adolescentes, jóvenes y consumidores de información en general, como de sacar afuera, dándoles forma, las potencias humanas que todos llevamos dentro, nuestros ingenios propios, lo mejor de cada uno. Desde este punto de vista —partiendo de unas mismas condiciones de oportunidad—, la educación debe propiciar la diferencia, no el igualitarismo —que no es lo mismo que la igualdad—. 
Si ahora por fin los partidos políticos empezaran a hablar de lo que nos importa a los ciudadanos —es un suponer— y hubiera un pacto por la educación en esta legislatura que tanto le ha costado ponerse en pie, ¿se tendrán en cuenta estas cuatro cosas que he expuesto humildemente a la consideración pública?  

Hay un círculo vicioso difícil de salvar. Pues lo que determina la escasa calidad de tanta cantidad de información que se desparrama por doquier es precisamente la falta de criterios, ni pedagógicos, ni éticos, ni estéticos, ni de verdad. Lo que importa es por encima de todo el número de clientes que están dispuestos a consumirla, bien como entretenimiento, bien como propaganda, sin que tengan tiempo para mirar ni sus ingredientes, ni su posología, ni sus contraindicaciones. No digamos cocinarla, servirla y masticarla para que sea asimilada. A ellos se ofrece de manera machacona y cada vez más simplista y trivial, conminándolos a que inviertan sus euros o sus votos en una mercancía de la que se muestran sólo sus envoltorios de anuncio y escaparate. Y así, un exceso de información se convierte en un estorbo para la educación, pues si bien la planta necesita agua para crecer, también se pudren sus raíces por encharcamiento. Y esto me hace dudar —sin perder nunca la esperanza— de que la educación sea, hoy como siempre, tema de real interés en las comidillas del poder; y los pactos y acuerdos, si llegan a producirse, sirvan realmente para algo.